miércoles, 9 de mayo de 2018

Julieta Lopérgolo




Hay tristeza en el río,
pesa el agua,
el río la mantiene callada de su curso
como si hiciera hijos en sus márgenes
y los estableciera más adentro.
Sólo nada la luz de una naturaleza quieta
en el remanso,
y se arroja esperanza
a ese dolor inhóspito del agua
en esta hora del día,
y se piensa en refugios.
Hay tristeza en el río
y una secreta compasión
hace que lo acompañen pájaros minúsculos.
Visitantes callados
embellecen el luto,
lo cantan.
                                               (de Para que exista esa isla)


Un padre que se muere
limpia antes el jardín,
separa las ramas secas,
la hojarasca,
quema la oscuridad,
los restos de animales,
descarga tierra nueva
sobre la tierra pisoteada,
divide el polvo
que concentra la luz.

Una hija repite
la palabra nunca
mientras poda.
Se hace la idea de un desierto.

                                               (de Para que exista esa isla)


Por última vez
había que subir a la terraza a destender
tu ropa.
Había que ver cómo algo tan simple
nos hería. 
Esa mañana contraria a las demás
la forma de tu cuerpo ondulaba en la soga,
el aire envejecido,
empastado de nada,
todo lo que no.
Queríamos decir mañana y no,
cielo celeste no,
ni vamos,
ni en un rato.
Lo único importante era esa ropa paralela
a la certeza enorme de tu muerte
en los oídos.
Podríamos haber velado directamente
la ropa tendida,
abrazados,
mientras soplaba ese viento desacostumbrado de junio
sobre el techo inocente de tu casa.
                                               (de Para que exista esa isla)


No sabemos qué hora es
de oscuridad y de llovizna
fuera de este calor que nos damos.

El viento silba alrededor
donde las hojas se levantan.

Pero no vemos nada.
Lo que oímos 
es el viento cazando.

                                   (de Todo lo que habla, inédito)

Me quejo 
de la poca profundidad,
de lo que tiembla,
como si viviera rodeada de cachorros
y el tiempo fuera una escena que crece
hasta el punto de un abandono premeditado,
de mi voz en los sueños,
de proferirla como si fuera una extranjera
y hablar sucediera con los puños,
y las palabras se golpearan entre sí
y sólo cayeran heridas de mi boca.

                                                           (de Otra naturaleza, inédito)




No digo que no cuando te nombro,
cuando tu nombre termina
 y me invade una náusea
del tamaño de un país pequeño
pero lo suficientemente hondo
como para fundar una equivocación
entre sus límites.
En el territorio de mi dolor el yerro.
Había decidido que no iba a pronunciarlo,
que si no estaba tu voz en algún sitio
ese solo silencio de tu nombre tomaría
la forma de una devastación,
la medida de un agujero
en todo lo que sigue.
Y no.
Y cuanto más digo que no
más delirante esta abstinencia,
lejos de las heridas de tu nombre.
Entonces sobrevivo,
que es una manera de decir
cómo fracasa ese dolor,
cómo se despeja.


Bio: Rosario, 1973. Licenciada en Letras y en Psicología.

En las próximas semanas sale Para que exista esa isla, primer poemario publicado por Postales Japonesas (Córdoba).
Actualmente vive en Montevideo desde hace un año.





domingo, 6 de mayo de 2018

Leandro Llull





EN UN SUBTE ALGUIEN LEE A VIRGINIA WOOLF

Una chica alza el mentón hacia la luz quebradiza del metro,
despega la lectura y sonríe bajo el movimiento de los vagones.
Su cara va tomando la forma más bella de la energía
y yo veo cómo sus labios corren con Virginia
a lo largo de una costa paralela al mundo que habitamos.
Entre las nubes van las dos dejando huellas
sobre la arena rumbo al faro que domina la marea.
Pero al llegar, alguien las detiene:
"No tenemos aquí nada para darles,
ustedes no necesitan recompensa.
Han amado la lectura."


ROSARIO

Seguí riendo así, mi sol,
mi ángel rubio en tu materia de alegría,
todo un cúmulo vital agitándose en el aire
como el chorro más festivo de la fuente,
hablándole a la luna cuando te llama
a través de la ventanilla de los autos.
Con los nombres tocá la piedra de este mundo,
bendecilo a cada sílaba, cada tanteo que hagas con la voz.
Quizás todo se apague, mi sol,
la noche nunca está lejana y a veces nos sacude a mediodía.
Quizá la muerte descargue su mejilla helada contra la nuestra,
pero vos y tu risa van a ser las velas, las estrellas
que soporten el peso de la barca oscura.
Seguí riendo así, sol nuestro,
echada sobre el césped en la sustancia primitiva,
y gritá mamai, gritá papai.
Corré, corré hacia el fondo, mi sol,
hacia lo hondo de aquel pino
y fundite con su aura de resina intacta
hasta que nos incendies y nos cures,
vibrante criatura luminosa.


EN UN TRANVÍA ATRAVIESO LISBOA AL ATARDECER

En el fondo, nadie habla mi lengua.
Veo caras y labios que se mueven,
oigo palabras cubiertas por la niebla.
Cuando la forma de las voces ya se fuga,
como se disuelven los contornos de las colinas
sobre el magma del estuario,
el sol es una ostra rosada que se esconde
y nacen en mí pensamientos contra el vidrio.
Ahora estoy afuera.
Escribo.


KARL BLOSSFELDT

Todos los días recorto flores en los barrios y las dejo morir.
Algunas adquieren anonimato, otras fiereza,
ninguna deja de extrañar con locura
el curso frenético de la vida.
Esta, por ejemplo, tiene la potencia de una cobra.
Su capucha se extiende como aletas por los costados
y el pico empuña un veneno de fuego sin deseo.
Capturo los restos con una máquina.
El cuerpo se convierte en una forma sagrada y monocroma
cuya fragilidad toma la forma de la heráldica,
y ante sus figuras metálicas y óseas,
me pregunto si no estaré pagando mis pecados
como un rey Midas.


NORTH EALING

No te satures.
No dejes que tu piel se vuelva una capa inerte.
El mundo se desmorona, es cierto.
Se expanden las partículas en el vacío y nos expulsan.
Pero a esta hora en la estación de trenes
la noche naciente y fría te hace saber
que detrás del cielo hay un más allá del sueño.
Los árboles a los costados de las vías
y el canto de los mirlos que alza
la poca luz dormida sobre tu cuerpo
te trascienden cuando penetra la llama
del ocaso entre las pequeñas casas. Así,
tus poros húmedos, eternos, se abren
a la construcción de la muerte.


Bio: (Rosario, 1983) publicó los libros Disonancia del jardín (EMR, 2009), Horas menores (Huesos de jibia, 2013), A los pibes crudos (VOX, 2015) y Maratón (Ediciones 27 Pulqui, 2016), y el trabajo La lengua en soledad dentro de la obra colectiva Prueba de soledad en el paisaje (Mansalva 2011). Recibió menciones del Fondo Nacional de las Artes en el año 2008 y 2012, el premio municipal Felipe Aldana 2009 y el premio del Fondo Nacional de las Artes 2013, y las becas de poesía  de Estación Pringles (2010) y del Fondo Nacional de las Artes (2011).

martes, 20 de marzo de 2018

Sofía de la Vega







 Iceberg

Estoy hablando por teléfono con un amigo que vive
a 1200 km de mi casa. Me cuenta que no sabe nada
sobre las piedras pero  piensa coleccionar
los dientes de leche de sus hijos. Por el teléfono escucho ruidos de bar,
él dice que es un bar de día, la gente toma café, no whisky.
Siento los sonidos de una mesa de pool y mujeres
riendo como si fuera la 1 de la mañana y son las 6
de la tarde. En el lugar donde vivo casi siempre se cumplen
las 12 horas de luz y 12 de oscuridad. En verano amanece
antes pero no somos como Islandia donde hay días enteros
luminosos o negros. Le cuento que estoy interesada
en las pinturas de icebergs. Mi curiosidad empezó con un novio
que pintaba cuadros de 15x15 donde los hielos eran rosados
y lilas, a veces también celestes. Eso lo hacía especial.
No tengo fotos de él porque su cara es un gran hielo
en mi memoria. El único hielo que me gusta
es el que pongo para enfriar el té, se ríe
mi amigo. El té es agua sucia dicen los médicos nutricionistas
pero llega una edad en que la leche te hace doler
la panza. Nunca entendí porque las cosas  que nos hacen bien
de chicos son malas de grandes. Es como si
fueramos mini personas y después personas grandes distintas,
por eso se puede aprender cualquier idioma
hasta los seis años. Después no podemos pronunciar:
Un oiseau né en cage pense que voler est une maladi
Me gustan los icebergs porque fueron gotas
de lluvia o algo así y después se volvieron gigantes donde
está el futuro del agua potable. Quizás
ese amor veía el futuro y el congelamiento de las cosas
que se unen como fotos de vacaciones en la playa.
La imagen de mujeres riendo en el billar, también, quieta
y el sonido de la porcelana que choca mientras mi amigo
me pregunta si estoy por tomar té de vuelta
por el silbido largo  de la pava.



Iceberg imaginario

Estoy mandándole un mail a un amigo. Me distraigo 
y veo trailers de películas. No soy buena con la tecnología
siempre tengo miedo que todo se llene de virus
entonces me tengo que conformar con Netflix
o YouTube. Veo un video hermoso de una película
que se llama Reaching for the moon en ingles pero en español
tiene un nombre mucho mejor: Flores raras.
Es sobre la relación de la poeta Elizabeth Bishop con una mujer 
brasileña y arquitecta. Me gusta mucho el poema
Iceberg imaginario de Bishop y no podía imaginar que haya vivido
en Brasil. Es como si se hubiera armado una casa de cristal
para escribir sobre paisajes helados cuando afuera hacían 35 grados.
Me pregunto si el poema y ese estado de fijación con el gigante de hielo
fue anterior o posterior a su amor. Uno de los primeros poemas
que escribí se llamó Hombre de hielo, era sobre un chico
que no me hablaba y que en realidad nunca quise. Bishop dice que es mejor 
ser iceberg que barco, aunque ello signifique el fin del viaje.
Esto no lo dice ningún poeta pero es más fácil inventar
que no tenés sentimientos a inventar que los tenés
cuando no los tenés. Ese amor que veía el congelamiento
de las cosas es el iceberg fijo en mi memoria,
es el cruce de Nueva York a Brasil, es mi curva.
Bishop tiene otro poema que habla del arte de perder,
en el verso final grita entre paréntesis ¡escríbelo!
y escribo lo que perdí en ese gesto que amo.
Las fotos que no nos pasamos, el pelo de nuestros perros,
el libro que le regalé y empezó a leer,
las gomitas duras al fondo de la mochila,
la pintura de un paisaje pequeño y gris
que no es un iceberg.
La cama que sigue destendida
y no es de ninguna de nuestras casas.




Soy una de las zorritas que estropean las uvas

I

Hace días llueve y sale el sol
como un ciclo cósmico imparable.
Salgo de casa para comprar lechuga y tomate
porque tengo carne y unas hamburguesas.
Alrededor, la fauna se expande y con un sonido imperceptible
todo comienza a crecer,
reproducirse en pleno centro de la ciudad.
Piso a todo lo que me bordea
y se mete en mi camino.
Soy una de las zorritas que estropean las uvas,
quedan restos violetas y rojos en mi boca,
blanca despúes de comerlas
y avanzo, porque la ebullición sigue.
La gente está de ojotas y su piel es verde,
son animales de otro corral.
Caminan con la mirada hacia abajo 
y cruzan mal la calle a pesar de que hay muchos autos.
Cada vez que llego a la verdulería miro al costado
esperando ver tus pies por debajo de la cortina de plástico.
Tus piernas son macizas y fuertes, aparentan una vida deportista
que nunca tuviste.
Soy una de las zorritas que estropean las uvas,
melosa huelo tu pelo en mi mente
y llego a casa.
II

Todo lo que tienes que hacer,
Zorrita, está en ese papel:
sonreí siempre aunque tus dientes estén sucios
pintate las uñas aunque las patas te pesen
sé siempre muy complaciente.
A nadie le gustan las zorritas que estropean las uvas,
manchan todo y crean un caos.
¿Acaso no te diste cuenta lo que pasa cada vez que te movés?
Deberías quedarte en casa o ir al supermercado
deberías acicalarte el pelo
deberías tener olor a lavanda.
La vida es un deber para las zorritas no un derecho.
Deberías saberlo.
Tus caminatas se extienden cada vez más,
en realidad corrés y ganás espacio.
Sos un tornado con algún nombre precioso de mujer,
¿será, Zorrita, que la naturaleza nunca es masculina?
Sigue creciendo todo a tu paso,
crees que ya llegaste al tope, al vacío,
pero eso no llega ni va a llegar.
Sabés que podés meterte en los campos,
robar a esos personajes verdes toda su fruta
y también su amor.
Eso no tenías que hacer,
no estaba en el papel.




Supernova
Desde su terraza en la ciudad de Rosario,
Busso observa a través del telescopio
un punto negro en su cámara nueva.
La limpia pero cada vez el punto se hace más grande
y la forma de una medusa espacial
se agigante en colores metalizados.
La supernova es una explosión estelar,
le cuenta a su mujer mientras lava los platos.
Manda a sus amigos astrónomos la información
pero todos están en un avistaje de ovnis en Capilla del monte.
Logra comunicarse con otro aficionado
y le ratifica lo que él pensaba.
Busso es el primer ser humano
que logra asistir al velorio de una estrella gigante.
¿Cuántos años habrán pasado desde que esa estrella murió?
La cerrajería de Busso se llama Halley,
se arrepiente porque es un nombre cliché,
sabe que hay estrellas y cometas mucho más interesantes.
Las supernovas tienen solo nombres de números:
1054, 2005, 1181, 165, 2016, 1897, 1604.
Busso tiene en su terraza un dibujo de Galileo Galileo
Enmarcado junto a las fotos de sus hijos.
Galileo usó para sus investigaciones la supernova 1604
para demostrar que el cielo cambia

que nada permanece a lo largo del tiempo.
Cuando todo parece estar a millones de años
y a millones de kilometros
una luz celeste en el cielo nos hace pensar que somos uno,
todos los que vemos el espacio cuando apagamos las luces.
Busso le dice por teléfono a un científico de Harvard
que hay cosas que no cambian
como mirar al cielo antes de dormir.

Bio:  Nació en San Miguel de Tucumán, en la provincia de Tucumán en 1993. Estudia Letras en la Universidad Nacional de Tucumán. Es organizadora del Festival Internacional de Literatura Tucumán (FILT). Trabajó como editora en Culiquitaca Ediciones, actualmente, está trabajando en la edición y prólogo de la obra reunida de Inés Aráoz. Es parte de la Antología Jardín 16 (Minibuses, 2016) y Fanzine (Almadegoma ediciones, 2016). Publicó la plaqueta Encuentro Latinoamericano de Lengua de Señas y Sordos (Charqui Ediciones, 2016). Participó de la residencia para poetas jóvenes en el Festival Internacional de Poesía de Rosario (FIPR) en el 2017.

lunes, 26 de febrero de 2018

Juan Fernando García




De Morón (2014)


Vacaciones


Se hunde en mareas poco profundas
–viento a la vera de nuestras caminatas–
el pensamiento.

Son días de vacaciones
alejados de la estridencia de calles y gente
la arboleda soportando
la caminata el tiempo de la lectura
silenciosa y acompañada.

Hay las tormentas que rompen
en graznidos de aves agoreras.
Y a lo lejos
esa apariencia
ese esplendor adherido a la usura
de lo cercano en la memoria:

la simpleza de un trino apabullante
cuando escampa
en el vacío.




De Sobre el Carapachay (2017)


De un vicio urdido
en poesía, de la escritura
pensada como estancia,
donde disponemos algunas coordenadas
que dicen del paisaje
una memoria,
y una relación atinada
con el ritmo: allí se estableció
esta llegada de la primavera.
Se entreveró en las aguas
que cubrieron el muelle,
vimos florecer la azalea
deslumbrante, vimos
la luna entre nubes
y la estrellada noche.
Toda materia engarzada
a gestos amorosos
que nos identifican.

La vuelta al Delta,
a su misteriosa y siempre activa
resolución de bienvenida.



de Temporales (inédito)


Amaina el temor, la tormenta sigue
sobre este techo de chapa
que en sus temblores
atiende a otras tormentas
y en la vecindad de sonidos
que la naturaleza presta
una música incordiosa
trepida entre los árboles,
el farolito del frente
danza su furia apagada
contra el muelle

y al mirar por la ventanita del baño
que da al monte inmenso
digo
       ¡ah, la infancia plena!

y vuelve
aquella travesía
de mis doce
de Tucumán a Salta
mi padre manejando seguro
por diez horas
el Falcon celeste deslumbrante
nos decía
Están sacando fotos

Y la risa de todos
para que el miedo amaine.




De Poemas breves (inédito)


2.

Abre una endija:
“luz”, dice
y la tentación arrasada
en esas flores
cuando todo vuelve
a su misterio
y vuelven las cosas
a su naturaleza.


3.

Llega la noche al muelle
y son estelas
lo que percibimos.
Ramalazos
entretejidos
en nuevas sombras.

¿Qué reloj
lleva en su tiempo
la fotografía?



 Bio: Necochea, 1969
Publicó los libros de poesía: La arenita (suscripción, 2000), Todo (uno+uno, 2004), Ramos generales (Nuevohacer, 2006), Morón (Muchos Libros Felices, 2014), Sobre el Carapachay (Leviatán, 2017). Coordina el proyecto editorial Muchos Libros Felices, junto a su esposo Fabián Muggeri.