jueves, 29 de abril de 2010

Gabriel Reches



I: Y la perra


1

algo intenta decirme
acerca de los hombres del techo
habló con ellos y sabe
son extraterrestres
yo no quería
que lo entendiese tan rápido
ahora
deberá esconder los almohadones rojos
al menos hasta que se vayan
duermo y despierto
algo intenta decirme la perra
está vestida de astronauta
está agitada
vestida de algo
un astronauta
partiré explica
su boca agita un pañuelo blanco
levita hacia la ventana se pierde
cuidaré de esos almohadones rojos
después los tiraré
y seguiré tripulando esta nave inmóvil





2

La gente se reúne en pequeñas salas
art nouveau y frecuenta
paseos peatonales
nos enteramos cómo la tele dice
que debe ser Lisboa
camina un extraño por la vereda
gruñimos los dos
no vamos a ver
son las once
hacía mucho que no pasábamos
toda la vida en la cama





3

cuando estoy recostado y mis piernas
flexionadas forman un ángulo
que ella completa hasta saberme nido
hace frío
disfruta el hibernar en mi
se carga energéticamente
con las pantorrillas
el piso es un spa para locos






II: Lécter





1

Mi perro es muy viejo
de cachorro el pelo siempre
le crece no hay forma
de mantenerlo limpio
sin nudos no hay forma
de mantenerse en pie
tres pasos para el perro
mío ya muerto diría
en un bosque parecido
al vientre de su madre
preso vive en la casa
el perro vive en la mía
tiene el pelo lleno de nudos
no sabe lavarse
cuando lo saco a pasear
se choca con los postes de luz
las ramas de los árboles
las tiradas
las cosas que no deberían
estar allí ninguna cosa
debería
ayer volvió con alambres
en la barba
de las pezuñas colgaba
una cinta adhesiva llena
de tierra había hecho pis
en todos los arbustos y
cuando pasamos frente a la puerta
de Sepelios Mérida veo
su lomo quedó lleno
de florcitas blancas







2
El tema de moda:
un tiempo hace
que lo noto
mi perro está
desapareciendo
los rulos llegan al piso
es un matorral
adopta formas
se orina encima y
marca el único
territorio que le queda
no me lleven de aquí
no me lleven de aquí
piensa al cerrarse
más no piensa
se vuelve imperceptible
una vegetación de nudos scouts
un campo imantado que atrae
esas flores blancas del parque
los alambres las cintas
siempre lo digo
estás ahí detrás?
todavía desaparecés ahí detrás?
salto de la cama
cuando no amanece todavía
corro hasta el pasillo abierto
cantan los zorzales
molestan los zorzales
el matorral se mueve y respiro
lo acaricio
me lame entero
es un día feliz
me vuelvo a dormir humedecido
todos los caracoles tienen casa







3

Mi perro está ladrando
porque le duelen las piernas
cuando le corto los nudos
y me detengo mi perro ladra
porque se puso contento
ahora lo dejo en paz
y come su alimento
balanceado mi perro
pierde el equilibrio
se excita está ladrando
porque no puede subir
la escalera lo miramos
desde la terraza le arrojo
huesos no pobre así no
lo llevo a upa lo llevo con nosotros
mi perro ladra fuerte
porque está con nosotros
todo termina
ya no hay carne bajamos
a tomar tes
mi perro está ladrando
porque no logra bajar
me llama dice no
me dejes
busco a mi perro parte de mi
perro está ladrando
porque lo pongo en mis brazos
el agua caliente se enfría
dicen y no hacemos caso
entramos al cuarto de sonido
grabo su voz gritamos cosas
mi perro y yo ladramos juntos

Nota:Gabriel Reches: nació en 1968. Publicó Gómez (araucaria 1997), el resto (Siesta 1999), Strip (bajo la luna 2000) y la evolución (Siesta 2004) y Hamster en la Rueda (ediciones obsoletas 2002).

miércoles, 28 de abril de 2010

Rafael Felipe Oteriño


La poesía

La poesía
no es
croar de ranas
en un estanque vacio
un amanecer de invierno.

Tampoco es
laboriosa
carta de amor
escrita
en nuestra memoria.

Es invención
de reglas:
una superposición
entre emoción
e idea.

El rítmico abrazo
-el beso-
de palabras
recogidas
en la calle.

O, cuanto menos,
"occasioni":
barquillo de papel
que debes conducir
a un puerto seguro.

Pues,
salvo la Musa,
¿quién puede decir
que esto
es un poema?

Cuando, en verdad,
no hay reglas;
cuando cada poema
crea sus propias
reglas.

Y cada poema
destruye
esas reglas.
Cada poema
es un sacrificio.



Lección del maestro

A diferencia de la rosa,
que, de nacer plegada, vuelta
sobre sí misma, en unido socorro,
con los días va estirándose,
ensanchándose, el espíritu,
por oposición, a medida que crece
se adelgaza, tiende a desaparecer
de lo visible.

De lo anudado, untuoso,
con huellas de nacimiento, a la acritud
de no ver más que pájaros volando
hacia un cielo desconocido,
hay apenas
un paso, que se cumple fatal
como diciendo: "este es mi reino,
una corona que se deshace".

Pero es sólo el primer paso
de una sucesión en cuyo término
está la desnudez,
cuando, perdida la rosa,
se recupera la Rosa,
y después, nada:
una palabra haciendo el amor
con otra.

El viejo sabio
que llevamos dentro, inicia entonces
el verdadero camino, aquel
para el que se preparó
desde el principio: liberarse
de toda esclavitud, de toda carga
humana, dejando a la muerte
un lugar vacío.

Lejos de tanto universo.



Escribo cartas

Ordeno manuscritos,
cartas de ayer, libros
que unos pocos envían
para sumar otra opinión
a la suya: la única
verdadera.
Todo
permitiría decir
que el mundo guarda su hambre,
que no hay riesgo
de morir a solas,
en una habitación vacía,
una tarde de invierno.
Yo
contesto puntualmente
esas cartas,
no por una fe
acostumbrada a debatir,
no para abrigar una obra
que nació sola
y que sola habrá de cruzar
el mentido mar
del que nacen dioses
y por el que mueren
hombres.
Las contesto,
porque sé que esas cartas,
los libros que llegan,
son manos abiertas
que recorren el planeta
nerviosamente,
con precipitación;
abrazos
que no nos dimos
en el momento justo,
cuando la edad
cerraba sus puertas
y nosotros emprendíamos el viaje
hacia molinos
que siempre fueron
de verdad.
Un encantamiento
de la muerte
del que no hemos regresado:
cosas así.

Nota:nació en La Plata, en 1945. Vive en Mar del Plata. Ha publicado los siguientes libros de poesía: Altas lluvias (Cármina, 1966), Campo visual (Cármina, 1976), Rara materia (Cármina, 1980), El príncipe de la fiesta (Cármina, 1983), El invierno lúcido (El imaginero, 1987), La colina (Ediciones del Dock, 1992), Lengua madre (Grupo Editor Latinoamericano, 1995), El orden de las olas (Ediciones del Copista, Colección Fénix, 2000), Cármenes (Vinciguerra, 2003), Ágora (Ed.del Copista, Colección Fénix, 2005). En 1997, el Fondo Nacional de las Artes publicó su Antología poética.

martes, 27 de abril de 2010

Carlos J. Aldazábal


Las cantinitas
a Dante Sepúlveda y Álvaro Urrutia

Aquí
el mar ha regalado
una ocasión.

En la calle Torres
desfilan perros
y la noche pasea por carteles
de neón
en desuso.

Hay una luz en una puerta:
promesa de pecado y aventura.

Al frente,
tailandeses despistados
hacen de la memoria
un laberinto.

Y ahí están los poetas,
testigos del despiste,
celebrando en cornalitos
la amistad que surfea
en la cerveza
sobre el viento tembloroso
en la puerta
de la casa amarilla:




en esa brisa la libertad y la constatación

de un paraíso inalcanzable.



El ojo y el jilguero

Probablemente el ojo se equivoque
al demorarse.

Cada demora implica una condena,
la densa oscuridad que forma un círculo
para esa ventana inconsistente.

El jilguero no es cuervo y sin embargo asusta:
porque calla se puede tolerar su presencia,
porque canta se suele celebrar su silencio:

cada nota lastima.

El jilguero en el monte adensa la mañana,
estatua insospechada mueve en la sombra
los hilos de ese cuerpo y su pico es un dardo,
una saeta.

Probablemente el ojo lagrimee
cuando el jilguero le devuelva la noche.




Amelia Biagioni me habla por teléfono

Hoy no hay alfombras para Amelia.
Pero su voz me visitó de pronto
aletargando el sueño.

Ese viento feliz me permitió su imagen:
su lento deambular de diana cazadora
detrás de la sonrisa y el poema.

¿Cómo salgo de aquí para encontrarla, Amelia y su jazmín
en su alfombra encantada, en su hilito de voz,
temerosa y lunar, hilanderita, preocupada en llamar, en acordarse,
aunque tema salir a la vereda por los lobos del mundo
y prefiera quedarse visitando de lejos?


Que no me corte.

Que la muerte se olvide de nosotros.

Que el tiempo se congele para siempre.



Las mascotas

La blanca tenía la lengua triste,
con esa tristeza de perro chico
que se siente impotente
para engullir las manos de los asesinos.

La negra era un dragón
con pinchos en la espalda
que solía mirar por el vidrio
con la ternura de un Cristo,
de un Gandhi eterno,
portador de una melancolía nueva,
inadmisible.

(Cruzando la frontera vivía un oso,
sobreviviente estéril de una raza mágica
encargada de custodiar al que dormía
en cuna de mimbre trenzada por el tiempo.)

La negra cultivaba el respeto
por su madre
y la blanca enseñaba los tesoros ratones
a su hijastra
y en las noches de ánimas errantes
se juntaban en un dúo de lamentos
antes de la danza
en torno de la piedra.

(Cuentan que el oso cayó prisionero
de un cazador de animales ordinarios
y terminó en cobertor
de cuna de mimbre trenzada por el tiempo.)

Yo escarbé en la ausencia
cuando en diciembre vino la emboscada
y una guadaña roja se clavó en la frente
de la negra
y una guadaña ciega cercenó la tristeza
de la blanca
y la parca reía
y todo el mundo hablando sobre el alma
que es cosa de los hombres
y yo sin comprenderlos
y encima este recuerdo que me escarba las sienes
y todavía nada.



La higuera

Cuando el argumento lo exigía
yo era el que despertaba a los fantasmas
y llamaba a los ovnis
para viajar en el torrente sanguíneo
de lo absurdo.

Las runas se trazaban
sobre las axilas,
las esquinas de los barrios
que escondían duendes ostrogodos,
y así la invocación surtía efecto.

La higuera era el buque pirata
que conducía a la selva del fondo,
máquina del tiempo que me acercaba
al dinosaurio perro
que me mordió una tarde
y terminó ahorcado por el vecino,
el malo de la jungla
al que yo bombardeaba
con piedras de Hiroshima
para reírme de la radioactividad
que se elevaba
sobre el tejado de sus cejas.

Cierto día el buque se hundió:
mamá decidió parquizar el fondo
y eliminar las malezas
que afeaban las fuentes de las ninfas,
seres de yeso
que se comieron la tierra de las parras
y confabularon con el vecino
para terminar con mi reinado
sobre la higuera.

Nota: C. J. Aldazábal (Salta, 1974) publicó los poemarios La soberbia del monje (1996, subsidio de la Fundación Antorchas), Por qué queremos ser Quevedo (1999), Nadie enduela su voz como plegaria (2003) y Heredarás la tierra (2007). Entre otros, obtuvo el Primer Premio Regional de Poesía de la Secretaría de Cultura de la Nación y el Primer Premio del Segundo Concurso "Identidad, de las huellas a la palabra", organizado por Abuelas de Plaza de Mayo. Es Magíster en Comunicación y Cultura (Universidad de Buenos Aires) y periodista cultural.

lunes, 26 de abril de 2010

Alvaro Urrutia


*****
derrotar los ojos
que bajen que bajen
que bajen

que el empedrado
el charco
el insecto
obstaculicen su perspectiva

que esquiven
los ladridos acá no son tormentas
los borrachos son los ideólogos de las veredas

pero si mis ojos bajaron
atropellaron paragolpes
humedecieron las espinas

…mis ojos bajaron

y todo se destiñe
desaparecen colores
con un último aliento en mis manos

y yo busco
mis ojos bajaron
y bajan más

un gris yéndose en tanta luz…

pero si mis ojos bajaron
y construyeron las baldosas…

los haré estallar contra esas baldosas
en las que no corre la sangre
pero se sospecha carnes y huesos un cuerpo



*****
acá indefenso pido

que con diez clavos blancos
claven
mis diez dedos de uñas rosadas
sobre esta mesa

que revienten
mi boca
con el culo de mis brebajes

que arranquen
mis barbas
con los más falsos argumentos

solo por un día de blanco luminoso y fresco despertar
por una conversación
pero después volver
a esta noche a perforar mis ojos



*****
moverse
hacerse árbol venir huella entre el yuyal
sobre las luces del día

intentar decir en la oscuridad
anochecida
el calmo
silencio de palabras incomodas

después agachando la cabeza
discutir la sangre
para morir

Nota: Nací en 1982... Viví toda mi infancia en el campo, donde no me avergonzaba el hecho de encontrarme siempre hablando con mis perros, donde la mirada se me trepaba a los eucaliptos a discutir con los vientos y los pájaros... A los trece años nos mudamos al pueblo, a Villalonga (una localidad patagónica del sur de la provincia de Bs. As.). Mis dos perros murieron en menos de dos años, seguramente de tristeza. Ahora vivo en Bahía Blanca, curso la carrera de filosofía... En el 2005 edite mi primer y único libro “nadeando”.
En mi poesía intento moverme en una sinceridad análoga a la de mi niñez, aunque sé imposible, y además innecesario, recuperar aquella ingenuidad. (Los poemas que en este blog presento no han sido antes editados).

domingo, 25 de abril de 2010

Oliverio Girondo


Siesta

Un zumbido de moscas anestesia la aldea.
El sol unta con fósforo SIESTA
el frente de las casas,
y en el cauce reseco de las calles que sueñan
deambula un blanco espectro vestido de caballo.

Penden de los balcones racimos de glicinas
que agravan el aliento sepulcral de los patios
al insinuar la duda de que acaso estén muertos
los hombres y los niños que duermen en el suelo.

La bondad soñolienta que trasudan las cosas
se expresa en las pupilas de un burro que trabaja
y en las ubres de madre de las cabras que pasan
con un son de cencerros que, al diluirse en la tarde,
no se sabe si aún suena o ya es sólo un recuerdo
¡Es tan real el paisaje que parece fingido!



Campo nuestro

En lo alto de esas cumbres agobiantes
hallaremos laderas y peñascos,
donde yacen metales, momias de alga,
peces cristalizados;
pero jamás la extensa certidumbre
de que antes de humillarnos para siempre,
has preferido, campo, el ascetismo
de negarte a ti mismo.

Fuiste viva presencia o fiel memoria
desde mis más remota prehistoria.

Mucho antes de intimar con los palotes
mi amistad te abrazaba en cada poste.

Chapaleando en el cielo de tus charcos
me rocé con tus ranas y tus astros.

Junto con tu recuerdo se aproxima
el relente a distancia y pasto herido
con que impregnas las botas... la fatiga.

Galopar. Galopar. ¿Ritmo perdido?
hasta encontrarlo dentro de uno mismo.

Siempre volvemos, campo, de tus tardes
con un lucero humeante...
entre los labios.

Una tarde, en el mar, tú me llamaste,
pero en vez de tu escueta reciedumbre
pasaba ante la borda un campo equívoco
de andares voluptuosos y evasivos.

Me llamaste, otra vez, con voz de madre
Y en tu silencio sólo halló una vaca
junto a un charco de luna arrodillada;
arrodillada, campo, ante tu nada.

Cuando me acerco, pampa, a tu recuerdo,
te me vas, despacio, para adentro...
al trote corto, campo, al trotecito.

Aunque me ignores, campo, soy tu amigo.

Entra y descansa, campo. Desensilla.
Deja de ser eterna lejanía.

Cuanto más te repito y te repito
quisiera repetirte al infinito.

Nunca permitas, campo, que se agote
nuestra sed de horizonte y de galope.

Templa mis nervios, campo ilimitado,
al recio diapasón del alambrado.
Aquí mi soledad. Esta mi mano.
Dondequiera que vayas te acompaño.

Si no hubieras andado siempre solo
¿todavía tendrías voz de toro?

Tu soledad, tu soledad... ¡la mía!
Un sorbo tras el otro, noche y día,
como si fuera, campo, mate amargo.

A veces soledad, otras silencio,
pero ante todo, campo: padre-nuestro.



Que los ruidos te perforen los dientes

Que los ruidos te perforen los dientes,
como una lima de dentista,
y la memoria se te llene de herrumbre,
de olores descompuestos y de palabras rotas.
Que te crezca, en cada uno de los poros,
una pata de araña;
que sólo puedas alimentarte de barajas usadas
y que el sueño te reduzca, como una aplanadora,
al espesor de tu retrato.
Que al salir a la calle,
hasta los faroles te corran a patadas;
que un fanatismo irresistible te obligue a posternarte
ante los tachos de basura
y que todos los habitantes de la ciudad
te confundan con un madero.
Que cuando quieras decir: "Mi amor",
digas: "Pescado frito";
que tus manos intenten estrangularte a cada rato,
y que en vez de tirar el cigarrillo,
seas tú el que te arrojes en las salivaderas.
Que tu mujer te engañe hasta con los buzones;
que al acostarse junto a ti,
se metamorfosee en sanguijuela,
y que después de parir un cuervo,
alumbre una llave inglesa.
Que tu familia se divierta en deformarte el esqueleto,
para que los espejos, al mirarte,
se suiciden de repugnancia;
que tu único entretenimiento consista en instalarte
en la sala de espera de los dentistas,
disfrazado de cocodrilo,
y que te enamores, tan locamente,
de una caja de hierro,
que no puedas dejar, ni por un solo instante,
de lamerle la cerradura.


Nota:Oliverio Girondo nació el 17 de agosto de 1891 en Buenos Aires en el seno de una familia adinerada, lo que le permitió desde niño viajar a Europa. Gracias a esto estudió en París y en Inglaterra. Escribió y publicó desde muy joven.
Participó en las revistas que señalaron la llegada del ultraísmo (la primera vanguardia que se desarrolló en Argentina), como Proa, Prisma y Martín Fierro, en las que también escribieron Jorge Luis Borges, Raúl González Tuñón, Macedonio Fernández y Leopoldo Marechal, la mayoría de ellos del Grupo de Florida que en contraposición al Grupo de Boedo se caracterizaba por su estilo elitista y vanguardista.En 1961 sufrió un accidente muy grave que lo dejó imposibilitado físicamente. Murió el 24 de enero de 1967.Veinte poemas para leer en el tranvía (1922), Calcomanías (1925), Espantapájaros (1932), Interlunio (relato, 1937),Persuasión de los días (1942), Campo nuestro (1946), En la masmédula (1953).

viernes, 23 de abril de 2010

Claudia Prado


1899 - el vestido
1
Fácil
en la lucidez de la mañana
la risa del peón
corta el aire helado
entre la casa y los galpones.
El patrón
con voz malhumorada
prefiere dirigirse a los caballos.
Mientras arrastran los recados
dos chicos
sonríen y murmuran,
para ellos
la burla es todavía
una destreza
en la que no pueden probarse.
Enseguida
los cuatro cabalgando
se alejan
y se hacen diminutos.
Alrededor de la casa
y de los álamos
el horizonte vuelve a ser
un círculo impecable.

2

Se movía en la cocina
disfrutando a su manera
la mañana
y el cuerpo descansado.
Afuera
el sol caía puro y sin calor
sobre las piedras,
el pasto, los zanjones.
Cuando el fuego comenzó
a trepar por su vestido
no recordó
que estaba sola.
Casi nunca
comentan los detalles:
el humo
detrás suyo por la puerta,
ella corriendo por el campo.
Prefieren repetir
que los hombres
como siempre estaban lejos
y hablan de las graves
definitivas consecuencias
de un descuido.

3

Al atardecer
regresan en silencio,
dejan atrás
el cielo enrojecido
con una crueldad
que no descubren.
Mañana
va a haber viento, piensan
y no esperan más presagios.
Sobre sus cabezas
planea un aguilucho
en el aire vacío, transparente
nada anuncia la tristeza,
la cocina ennegrecida
ni los restos
de un incendio moderado
que a pesar de la sequía
no llega al tronco
de los álamos.



Sierra vieja

No crece nada en este suelo, dicen.
Esos pastitos aferrados a la tierra
tienen raíces que los doblan en tamaño.
Vamos.
Vamos a ver el pueblo viejo,
y señalan unas paredes rotas
donde ni siquiera
la imaginación puede morder.
Restos de una ventana
enmarcan las sierras y un cielo
muy oscuro.
De pie, en donde estuvo la cocina
hablan. Buscan en la memoria
nombres y apellidos olvidados.
Parece que alguien
se fue llevando los ladrillos,
sólo queda del reparo de las casas
algún rincón
en el que crecen yuyos.
la atención
una noche
sentado en esta misma mesa
escuchaba radio y miraba
la alacena en la oscuridad...
cacho detiene su relato
por un momento y nosotros
también en silencio intentamos
imaginar una soledad así,
pienso que esa noche
su mano sobre la mesa tendría
la actitud de abandono
que ya le vi al manejar,
después de hacer los cambios
la deja en la rodilla,
apoyada sobre el dorso como quede,
los dedos hacia arriba,
una mano olvidada descansando
hasta que la vuelva a usar,
ese es su gesto de hombre solo,
cuando la mano no se usa
ahí se deja,
no hay para quién disimular
...sentado en esta misma mesa, retoma,
vi una luz titilar entre los vasos
recorrí la casa y afuera
el tanque de agua, el galpón
el miedo me ayudó a pensar
era la luz del faro miren,
en tantos años no me había fijado...
y ahí estaba
ese brillo mínimo marcando
su recorrido en la alacena
iluminando los vasos y los platos
cada noche

Nota:Nació en Puerto Madryn en 1972. Vive en Buenos Aires. Publiquó “El interior de la ballena” (Nusud, 2000) y Viajar de noche (Limón, 2007) y “Aprendemos de los padres”, un libro de collages y poemas hecho con Víctor Florido.
Forma parte de la revista Ricardito. Realizó, junto a Cristián Costantini y Leandro Listorti, el documental Oro nestas piedras, sobre el poeta sanjuanino Jorge Leonidas Escudero.
* * *

jueves, 22 de abril de 2010

Daniel Chirom


Madre

En las noches, cuando en mi ventana flamea como un
incendio el frenesí de las Bacantes, abro mis ojos y
miro el cielo raso buscando tu rostro, esa mirada
y esa voz que resplandecían mientras tu espalda se encorvaba
bajo el peso de las brujas y dragones a
quienes tanto temía. Pero ¿cómo hacías para hacer
de la oscuridad un haz luminoso?,¿qué coral te
dictaba las canciones que acunaban mis miedos?.
Ahora que las sombras son sólo sombras y no figuras
chinescas, ahora que los espejos envejecen en mi
mirada, te convoco madre-infancia.
Tus manos apaciguando la penumbra de mi ignorancia,
tus dedos deslizándose por mis cabellos como
hollando un santuario,
tus brazos moviéndose al compás de mis ferocidades.
Yo te contemplaba desde el sueño envuelto en tus
aromas de malvón, tomillo y madreselva. Y qué bien
reía tu cuello inclinado sobre mi oído para susurrarme
el último arcano, un ojo del viento.
¿En qué cesta que ahora no encuentro viven las
madejas de colores con que tejías mis rezos, y aquél
diario donde anotabas con inocente paciencia mis
primeras palabras, los primeros pasos, el primer beso?.
Madre, si eso no era tu niñez, ¿qué falta ahora
y hace que todo duela?



Pastel de manzana

Baba, Baba, tu Rusia de samovar, tus ojos verdes,
esa mirada perdida en las lejanías, presa de la
furia, del olvido, cautiva del destierro, y esas
manos empuñando las tijeras para hacer el corte
preciso y el pequeño monedero y el mismo delantal
siempre limpio y los alfileres prendidos a la
comisura de los labios mientras hablabas en voz
baja, mitad en castellano y mitad en yidish. Apenas
comprendía lo que decías pero estaba tu porte
alto,tus brazos fuertes y no tenía miedo en las
noches de aquel hospital de paredes blancas donde
transcurrieron varios días de mi infancia . Un niño
de tres años entre sábanas blancas y enfermeras
blancas, tosiendo, asombrado de la penumbra
mientras sostenía un oso en los brazos y bajo la
almohada guardaba las golosinas que no podía comer,
y esa sopa insípida que me servían en un plato
metálico y el pollo sin sabor y el termómetro
bajo las axilas. Pero estaba el postre,
tu pastel de manzana, el manjar del exilio.
Esa torta eran mis juegos , mis amigos , el muro que
me guarecía de la intemperie,mientras esperaba el
día de mi fuga, dejar de toser , no vestir más ese
camisón blanco y olvidar los azulejos celestes del
corredor y las caras bondadosas de los médicos con
su rictus de “sólo Dios sabe” y las visitas
complacientes. Y tenía miedo de la bruja de La
Bella Durmiente, esa mujer terrible de ojos negros,
rostro verde y uñas largas me acechaba detrás de
cada recoveco, y antes de dormir tenía que bajar
de la cama y espiar en todos los rincones para
asegurarme de su ausencia -temía combatir con el
dragón- y entonces yacía en el lecho con mi torta
de manzana, flacucho, temeroso,esperando el alba
como quien espera confesarse. En tus ojos veía
los miedos de tierras hostiles, negaciones,
persecuciones y abstenciones y comprendía que
también para ti el único refugio era ese pastel
de manzana, vieja receta venida al Río de la Plata
desde Kiev, la lejana Rusia, la madrecita patria.
Un poco de pan, apenas manzana, azúcar negra y
una horneada.Oh sabores de la infancia , polleras
de aromas, ¿ cómo vivir sin la cocina , la sopa verde,
el dulce nuestro de cada día, el café con leche, el
té con el terrón de azúcar pegado a la lengua , la
carne pálida del pollo, las escamas como llovizna
del pescado?; pero ¿cómo seguir sin la astucia
culinaria?.Sí, dejarse llevar por la lucidez
de la digestión, la tozudez de los intestinos,
los agridulces jugos gástricos.
Recuerdo la humedad de tu cocina , sus paredes de
azulejos rosados , su blanca mesada de mármol, la
heladera gorda de la providencia con el motor cuyo
constante ruido parecía un auto yendo a baja
velocidad en un día de lluvia, la mesa tosca de madera
verde, los platos ajados de loza blanca, los cubiertos
acerados, el vaso alto con naranjada, el pan fresco
partido en rebanadas (nunca el pan negro,
era para los mujiks decía mi Baba), la miel amarilla,
la gelatina de pescado grisácea, la mermelada roja,
la manteca blanca y esos tazones gigantes donde uno
perdía la nariz que luego emergía esmerilada de té con
leche. Ah las hornallas brillando en la penumbra,sus
débiles llamas brindando calor, la escuálida lámpara
colgando del cielo raso, el almanaque de montañas
(¡Que lejos está el pueblo de tu infancia, la estepa
rusa, las cúpulas doradas de la iglesia ortodoxa, la
pequeña sinagoga, el río congelado!). Pero también
está el paisaje de corredores blancos de mi infancia
de hospital poblada por tu mirada. Y no sabía de
Dios, no conocía su palabra: Dios era la escupidera
donde orinaba en las madrugadas, o aquellos
algodones manchados de sangre y esas sábanas
amarilleadas por el sudor y esa pequeña mesita de
luz con su aún más pequeño velador que tú cubrías
con un pañuelo rojo para que me velara el sueño,
y ese techo tan descascarado, tan diferente al cielo
del patio de la casa. La soledad no tiene edad, Rusia
y aquel hospital son la misma geografía , las bellas
palabras están ajadas y nuestros ojos sonámbulos
desesperan por encontrar un manjar donde
esconderse del vacío que nos reclama.
¿Tendrá mi hijo la suerte de apretar contra el paladar
en los días del desasosiego un trozo de torta de
manzana?, ¿poseerá la seguridad que brinda el sabor
preciso o deambulará buscando una patria, una
cocina donde hallar un aroma que lo descubra?.
Oh Baba, abuela , la mesuzah cuelga de la pared, su voz
calla, hace mucho que no enciendo los candelabros
y tus copas opalinas ya no lucen sobre manteles
bordados blancos y en mi cumpleaños nadie me trae
un pastel de manzana. Estoy solo, mi mundo es el
pretérito de un sabor, la nostalgia por la pérdida del manzano.
En estos días en que las oraciones enmudecen y hay
poco para agradecer, es buena la memoria del paladar,
la gula divina, mirar un plato con torta de manzana
que un niño se devora y luego una mujer se inclina
para llenarlo otra vez.
Pastel de mi carne, pastel de mi saber, ven ,sálvame,
necesito tu invariable corazón azucarado.
¡Qué cerca está el hospital de mi infancia!



A La Memoria De Raúl Gustavo Aguirre

Estoy de este lado
no sé cómo llegar a tu muerte
enamorarte los ojos
prenderle fuego a tus palabras.
En tu voz
veo barcos calcinándose de neblinas
y un rumor de sirenas
enlutando las anclas que buscan una pregunta
en las costillas del océano.
Tu oficio es un naufragio,
la claridad exánime del que no responde.
Bebe
has visto la luna rigiendo el leprosario
baila
el cielo vacía su blanca taza sobre el Hades
sueña
una canción es una trampa
canta
una sinfonía enloquece en tus manos
muere
pues es necesario renacer donde el corazón yace.
El silencio ruge una plegaria
y el alba abre su resplandeciente página
sobre la momia de un tiempo que no existió
y hemos vivido.

Nota:Daniel Chirom, poeta y periodista argentino. Creó el poemario El ojo de los días, dirigió la revista El Jabalí, colaboró con el suplemento de cultura de Clarín, así como publicó trabajos en La Razón y La Prensa. Con un gran empuje, Chirom trascendió su proyección poética para convertirse en gran difusor de la poesía, rescatando a través de los medios a todos aquellos poetas y escritores olvidados de las letras hispanoamericanas o voces del continente insuficientemente leídas o no conocidas.Chirom había publicado los poemarios Crónica a Robledo Puch (1975), Los Atlantes (1979), La Diáspora (1983), El Hilo de Oro (1989), Candelabros (1999, Premio de Poesía Fundación Inca 1994), El ojo de los días (2003) y Manjar del exilio (2005, Bogotá, Colombia). Compiló además la Nueva Antología de la Poesía Argentina (1980), con prólogo de Raúl Gustavo Aguirre y estudio preliminar de Cristina Piña, y para el Centro Editor de América Latina hizo antologías de Wallace Stevens, Walt Whitman, Raúl Gustavo Aguirre y Edgar Bayley.
En prosa publicó Charly García (1983) y textos para la cantata Lamdelam, cuya música pertenece al compositor y director Sergio Piterbarg. La obra, un homenaje al pintor Wilfredo Lam, fue estrenada en el Festival Garonne, Toulouse, Francia, por el ensamble vocal-instrumental Xinum.