lunes, 8 de marzo de 2010

Carlos Mastronardi



La medalla

Cuando los años me hicieron dejar la oficina,
los viejos empleados se juntaron hacia el atardecer,
y después de levantar las copas
pusieron en mis manos una medalla,
grato presente que según la costumbre,
los hombres acuñan –penoso es decirlo-
en obstinada materia,
porque saben que el alma tiene hondones
y resquicios que al fin serán su ruina.
Acuden, pues, a la firmeza
del oro o del bronce
para dar ilusoria persistencia
al recuerdo que vacila.

Estuve, así, un momento
con esos compañeros afables y sencillos
a quienes apenas conocía,

pues nuestros vínculos eran los que impone el trabajo,
y en verdad sólo la inercia y el tiempo
promovieron la amena ceremonia,
en cierto modo impersonal,
dispuesta por aquellos obsequiosos
para despedir a una imagen periódica,
ya que nada sabían de mi esencia profunda,
plasmada en alegrías, deshonras y flaquezas.

Todo ocurrió como en un libro,
como si fuéramos vagos signos,
pero las formales palabras de encomio
y la inmutable ofrenda con mi nombre
espejaban veraces
el cuidado que ponen los mortales
en sostener y afianzar la cosa incógnita,
la vaporosa vida.
Se apagó la amable tertulia,
y mientras unos pocos prolongaban el diálogo,
agradecí su presencia y busqué la calle.
Cuando descendía la escalera,
como quien vuelve a sí mismo y quiere andar solo,
pensé en la fiesta ya desvanecida,
y me dije que el obsequio perenne
también se disipaba en aire y sombra,
pues pude vislumbrar
-triste menos por mí que por todos los humanos-,
que la inscripción del metal perdurable
se borraba y perdía de modo extraño.

Sentí, entonces, que esa anulación instantánea,
contra la cual levantamos dignidades y valores,
nos enseña que es mejor perder de una vez
lo que habrá de perderse.
Y también me fue dado imaginar
que la medalla del agasajo,
símbolo que al olvido lleva una vana guerra
y parte de la intriga benévola
que nos miente sustancia y nos ayuda,
iría a parar al fondo de un cajón,
y allí quedaría, ya nivelada con todo
lo que integra y devora el pasado,
desde el diamante hasta el hombre,
tan tenue y enigmática como la misma vida.



Interior

La madre, que este invierno necesita más lumbre,
remueve alguna brasa y vuelve a dormitar.
Dilata su ojo amigo lloviendo dulcedumbre
la lámpara que mira el grupo familiar.

Muy grave la hermanita se ha dado a masticar
su dulce y su cartilla. Distrae la mansedumbre
del gato una luciérnaga, que empieza a revolar...
Y yo perduro en ésta mi lírica costumbre.

No esperamos a nadie... fluye su agua elsosiego,
y vivir es tan dulce como estar junto al juego.
(Nos conmueve un mal vago de algo nuestro que escapa...

Un viejo olor doméstico anuncia los humeantes
tazones que alguien trae..., nos mecen los instantes,
y el alma, como el gato mimoso, se agazapa.



Últimas Tardes

La alta mujer dolorosa
venía del sur y estaba muerta,
El cansancio era dueño de su voz
cuando presenciaba la esperanza
creciendo hacia las tardes
en cuya luz indescifrable
el solitario anhelo perduraba
como un reino sin púrpura ni cetro.
Alguien la empobrecía desde lejos.
Ignorando las llaves
que franquean las ricas esperas
y los mecidos cielos,
tal vez era la sombra de una antigua delicia.
Las manos, las manos olvidadas,
las unidas y suaves perdiciones
y los queridos ojos sin codicia,
que ganaban y perdían el mundo,
serenos, y sabiendo.
Recuerdo aquella voz apenada y amiga,
y la ciudad, de pronto, incierta y decaída
bajo un cielo gastado y entre adioses.
Entonces parecía que cesaba una música.
La alta mujer, la rosa desganada,
tal vez aquella tarde
miraba desde un tiempo recóndito y futuro,
y un lúcido silencio se volvía,
un desierto esplendor, un descuidado mundo.
Para que la tristeza tuviera un hombre
yo me ofrecí a esa luz cordial, a esa callada.


Nota: Carlos Mastronardi nació en Gualeguay, en la provincia argentina de Entre Ríos, el 7 de octubre de 1901. En su juventud se fue a Buenos Aires, con intención de estudiar abogacía. Allí fue parte del grupo MARTÍN FIERRO” vanguardia literaria que se reunía en torno a la revista de ese nombre. Su primer libro de poemas se llamó “Tierra amanecida” (1926), luego escribió “Conocimiento de la noche”.Su obra se completa con dos libros de ensayos llamados:Valéry o la infinitud del método (1955) y Formas de la realidad nacional (1961); uno más de poesía: Siete poemas (1963) y las Memorias de un provinciano (1967). Mastronardi murió en Buenos Aires en 1976. Póstumamente editó la Academia Argentina de Letras sus Poesías completas (1982, al cuidado de Jorge Calvetti), y sus Cuadernos de vivir y de pensar (1984, con prólogo de Juan Carlos Ghiano).

domingo, 7 de marzo de 2010

Marcelo Leites



¿Cómo se escribe un poema?

Lo único válido es el rito lo único válido es el ritmo lo imprescindible
es el uso del lenguaje lo esencial es la forma en que decimos lo que
decimos lo necesario es la retórica y sus figuras lo inevitable es el
metro lo fundamental es el campo semántico o grafemático pero también la
música del verso o la forma que es el contenido o la ironía o la
parodia. Se reconoce a un poeta cuando canta como un lírico Se reconoce
a un poeta cuando cuenta alguna historia o inventa personajes. Lo mejor
es escribir poemas tamaño haikú lo mejor es escribir poemas tamaño
Odisea. Entonces habrá que desconfiar del lenguaje y volver otra vez a
la torre de marfil para dominar el lenguaje de la tribu y obtener el
poder del discurso que abre todas las puertas. Básicamente hay que
aglutinar todas las tradiciones forzosamente hay que romper la sintaxis
imperiosamente hay que eliminar las convenciones inexorablemente hay que
manejar la métrica regular. ¿Importa ser un poeta surrealista? ¿Importa
ser un poeta social? ¿Importa ser un poeta neorromántico o neobarroco?
¿Es mejor ser un poeta postmoderno y eximio en el verso libre o un poeta
clásico y eximio en el verso de arte mayor? ¿Es mejor ser un poeta
laureado o no buscar reconocimientos salvo la escritura misma; vale más
manejar diferentes registros, texturas, sonoridades o conocer muy poco
salvo lo que único quiere decir? ¿Vale más hacer un registro de los
movimientos más sutiles del hombre o transcribir los elementos
cotidianos aún los más insignificantes. ¿Importa ser un poeta que
renueva la tradición? ¿Importa ser un poeta que conoce todas las
estéticas? ¿Importa ser un poeta que escribe para nadie, para
alguien, para todos? Importa, tal vez, ser un poeta que escriba un poema
que funcione como el día y la noche antes que cualquier teoría. Escribir
sin más y de una vez por todas. Escribir aunque te salga espuma y
ponerle el cuerpo a una obra y dejar tus huellas manchadas de días en el
papel en blanco.




Lo que dijo el viento

Las hilachas de luz describen
siluetas diminutas, desnudas.
Hileras verdes en galería
adelgazándose en las sombras.
La luna irradia mi cuerpo
¿Soy todavía?
¿Soy un río que viene y va
o sólo su reflejo?
Estallido de agua.
Nado contra la corriente
y mis brazos levantan vuelo.
Nadar es apropiarse del agua.
En la costa bailamos unidos
un ritual ebrio
cuyo ritmo hemos olvidado.

El aguaribay mueve sus ramas
y la lengua absorbe el centro
picante de los pimientos rojos.
El viento entre las ramas del aguaribay.
Arranco una rama
y la rugosidad de mis manos
cede a la savia de sus hojas.
Este olor a resina pegajosa me acompañará
en el viaje definitivo.

La superficie iluminada de la costa,
los biguaes y sus círculos sobre el río,
la insistencia del grito de las aves
y los dorados que saltan fuera del agua
deberían bastar a la hora de hacer un recuento.
Cuchilladas de sol en las nubes oscuras.
Las brasas oscilan tenues sobre los restos
del mediodía: el humo de la carne asada:
el pan y el vino y esa canción que quedó
flotando como una revelación
deberían bastarte, aunque más no fuera
como una lacerante maravilla.

¿Y la alegría de la mesa compartida?

¿Aún te dicen algo esas nubes?
Dibujan entre los huecos del cielo
los rostros que creías fieles
con una sonrisa lejana y suficiente.
¿Aún te dicen algo esas nubes
que se disgregaron en el aire?
Pasan
Pasan
Pasan como las plumas
tornasoladas del pavo real.
¿Te dicen algo, todavía?
Ah, la entropía del conocimiento.
Saber no nos salva:
Nos deja al borde
de nosotros mismos:
Los zumbidos de las moscas
nos atraparon como arañas en su tela.
Hemos llevado el universo a nuestra casa
y hemos cerrado la puerta.
Pequeños hombres grandes.
Pequeños monstruos maquillados
que acusan con el dedo de dios
y no dejan a nadie en paz.
No se puede tolerar a los intolerantes,
no, Oliverio, no hay que compadecerlos:
hay que ignorarlos.

¿Y la alegría de la mesa compartida?

Todavía el aire bombea tu corazón.
No has muerto en ninguna batalla,
y aunque tu papel en el universo
sea como el paso de una hormiga
sobre una brizna de hierba,
cada día renuevas el salto.
Debería, entonces, alcanzarte.

Ahora, en esta primavera de guerra,
los hijos toman aire de mis pulmones
y cantan una canción.
Estas voces enamoradas del mundo...
Habrá que seguir cantando
y las voces unidas en el canto
deberían, al fin, bastarnos.

Las luciérnagas no saben que iluminan la noche.
Suspendidos en el espacio, los amantes
quedan exhaustos como dos nadadores.
El mundo se cae a pedazos
y todavía estás ahí, del otro lado,
tendida, tendiéndome una mano.



Ella

Señaló con su dedo
el aire entre el vidrio y el cielo:
“Es un hilito la luna que entra por la ventana”
decía y me enseñaba a respirar
la luz que se reflejaba en su cuerpo.
“De a poquito vamos a arreglar el jardín”
y la enredadera de la parra nos envolvía
haciendo su declaración de fe.
El silencio de las ramas
no quebraba nuestras voces
y casi no había palabras
sólo el sol sobre el rocío
y el frío que se perdía
en el abrazo largo de la mañana.


Nota:Marcelo Leites nació en Concordia, Entre Ríos, Argentina, en 1963. Poeta y crítico literario. Publicó los libros de poemas: El Margen de la aldea, en Ediciones Río de los Pájaros, de Concordia, en 1992; Ruido de Fondo, en Trópico Sur de Asunción del Paraguay, en 2001; Tanque australiano, en Ediciones Gog y Magog, de Buenos Aires, en 2007 y Resonancia de las cosas en Ediciones en Danza, de Buenos Aires, 2009; además, los ensayos: Cuatro poetas entrerrianos?, en Eduner, la Editorial de la Universidad de E. Ríos, en 2004; y Percepción de la música, Ed. Fondec, Antología colectiva, en 2005.

viernes, 5 de marzo de 2010

Marcelo Díaz



Nocturno (del libro "Berreta")

Se pasea por las calles iluminadas y no sabe lo que ve.
Ve un cartel entre otros, y otro cartel detrás.
Y el desierto, detrás, como un cartón pintado. (Un rumor
de pastizales secos).
¿Es esta una ciudad civilizada?
¿Es la joya del Sur?
¿Es el País del Diablo, como creían los indios,
y la página blanca sobre la que nadie escribe nada?
Un televisor coreano ofrece
a la calle vacía
un partido entre equipos chilenos;
un Panasonic la sonrisa de Valeria Mazza.
Llueve en Santiago, Valeria,
mientras espero el micro,
quince minutos, sentado en el zócalo
de un comercio quebrado:
un cómic de mutantes, un alfajor barato,
y la luz azul de un patrullero
otorgando a la noche



Las ruinas de Disneylandia (del libro "Berreta")

El Tato afanaba fasos
en el kiosco de la esquina,
meaba desde el techo a la vereda
y un día se hizo cura.

El Chile se choreó un Mercedes
para ganarse una minita;
fue a parar a Batán
y en un tumulto turbio
lo limpiaron.

Miguel está pelado, pero es buen tipo.

Norma, Laura y Marcela
son maestras, y todas
tienen más de un hijo.

El Cabezón embarazó a la novia y se cagó la vida.
El Topo se volvió abogado y si te ve, no te saluda.

Yo un día regalé
todos mis cassettes de Kiss,
y ahora los extraño.

El Conejo era Campera Negra.
La vieja le gritaba todo el santo día:
Vas a terminar mal – le gritaba.
Me la veo venir – le gritaba.
Se casó con una gorda
que lo hizo evangelista.

El Panza transa merca de cuarta y levanta quiniela.
Ya tuvo una entrada en Villa Floresta.
La mujer le mete los cuernos.

Ricardito es Teniente de Navío y sueña
con un País definitivamente en Orden
y con rapar a todos esos
negros
vagos
de mierda.

Claudia se fue a Chile.

Silvina se fue a Santiago del Estero.

El hermano del Mono
se pegó un tiro en la cocina.
Siempre jugaba al fútbol con nosotros;
era más chico,
pero no se notaba.

Vos un día cruzaste la mano
de izquierda a derecha
en el agua de la sierra.

Escribiste una cosa que no sé.
Yo en la misma que supiste:
un tipo cuidadoso
de no joder
el sueño de nadie.

Kwai Chang Caine caminando
sobre papel de arroz.



Laspada se quiebra pero no se dobla (del libro "Laspada")

La hinchada cuelga un trapo
que reclama:

BIELSA LASPADA
TAMBIEN ES ARGENTINO

y al rato otro trapo
que propone:

EL 18 VOTE
LASPADA PRESIDENTE

Ahora que Laspada, héroe caído,
reposa en cama, encanulado
al suero de la resignación,
la hinchada es un jardín
de flores mustias,
la sombra del descenso
cruza su frente pálida,
y no hay ni un viento
de banderas que la agite,
no more heroes in this world;
“ cagamos “ dice uno en voz muy baja
y el resto asiente silencioso, sin llegar
a mesarse los cabellos, con leves
temblequeos de mentón.



El primer trabajador (del libro "Laspada")

El Pelado Laspada es el abanderado
de los jugadores humildes;

día tras día,
semana tras semana,
mes tras mes y los noventa
minutos completos que dura el cotejo,
el Pelado Laspada roe con tenacidad
el hueso de su torpeza:

marca / rasca / muerde / traba /

se pela el ukelele contra el verde,
la suda y con un shot
ajustado y potente envía
el esférico a Puerto Belgrano,
donde los marines del Almirante Rojas
lo ven venir en llamas y creen
que se trata de un ataque terrorista
de la izquierda apátrida y peronista argentina.



Lonh (del libro inédito "Blaia")

Ser punk era tener un plan B. Ahora que lo pienso, no había otro secreto. Ser punk era tener un plan B incluso como alternativa al punk. Ser punk significaba, contra todas las expectativas, elegir el plan B, vivir en la B, hacer de eso una causa. Habitar el punto ciego de la foto familiar, y que ese estar fuera de foco fuera la tierra más lejana.
A esa conclusión llegamos una tarde de 1983 mientras Mick Jones cantaba Stay free.


Nota:Marcelo Díaz nació en 1965 en Bahía Blanca. Estudió Letras en la Universidad Nacional del Sur. Integró el grupo de Poetas Mateístas que realizaba murales en las calles de Bahía y editaba la revista mural CUERNOPANZA. Fue editor y redactor de la revista objeto VOX y de VOXvirtual. Publicó "Berreta" (Libros de Tierra Firme,1998) ,"Diesel 6002" (Vox, 2001) y Laspada (El Calamar, 2004). Trabaja en “FerroWhite - museo taller” donde coordina el proyecto de teatro documental Archivo White, con la dirección de Vivi Tellas.

jueves, 4 de marzo de 2010

José Portogalo



Canto a mi pan

Con pan de mi amor alimenté raíces.

De ráfaga-navío pan de nube
de noche-madrugada pan de trinos
y lágrima de pan de la pobreza.
El pan del vino aguado.
El funerario pan de los rincones.
El pan del ofendido
humillado
abolido.
En pan el pan el pan de los canteros
con el pan de los pájaros de mi alma.
Mi pan dije una vez (oh pan de piedra
trizándome los dientes)
nació del frío denso de los surcos
y del hueso pelado del rocío.
Y había una gaviota iluminada
y una espiga
de cárdeno rumor viva en mis sienes.
Había un cielo efímero
una lluvia
cenicienta y atroz con cicatrices
socavando mis yemas.
Había sin embargo dulzura de pan fresco
de gorrión despeinado de la música
que se nutrió del árbol de mi sangre
con ese ritmo sordo de cigarras
que aturden mi memoria.
Sus plumas custodiaron mis palabras
y su pico el latido de la brisa
sobre mi corazón amotinada.
Vino a mi voz en símbolo clareado
y me dio con el viento el pan insobornable
imbatible
durísimo
del mar con la cuchara de las olas
y el humo del tabaco de mi padre que ha muerto.

Cómo lo conoció mi infancia
definida
en la mejilla aireada del aromo
del abrojo del níspero del pámpano la higuera
y del libro escolar garuado en un baldío.

De pronto salió el pan salió de las arrugs
del labrador con hambre
y de la finca aérea del hornero.
Y yo
salta-alambrados
pierna al aire del aire avispa ronca
y hojaldre de los sueños
"como un ojo que ve claro" pude ver
destellando esplendores
el ojo de la vida
la inocencia del pan
y el encendido soplo de la escarcha
que preanuncia el exilio ante el abismo.
Y diría en fugaces imágenes del vértigo
primavera-gorrión gorrión-verano
y amor hilo de fragua
resplandor
caricia de agua quieta sobre el musgo.
Y mi vocabulario y mi cuaderno
perdido en un galpón
con la locomotora de un tren que nunca olvido.
Y diría también linterna humedecida
armónica herrumbrosa
y mendrugo de pan entre mis vértebras.
De pan-gorrión entonces mi esqueleto
mi barba con espuma mi calvicie
mi fulgurante lengua de pan-gorrión
alígera
y súbita alfarera de mañanas
que ha rodeado mi pecho de júbilo radiante.
Mi pan dije una vez (oh pan reflorecido
del vaho en las colinas)
izó luz infinita pan de gallos
que asea alta la noche los molinos
y el belfo echando azufre de un potro ingobernable.
Y vi cómo del ojo de Éluard amanecía
el ojo que ve claro pan de fuego
y de raudo aletear mi pan de río
mi gorrión-primavera mi semilla
de ese pan rutilante
pan de sol.

Pan de lumbre ganado repartido.
Pan de frente rozando el horizonte.
Pan de hermano de amigo solidario
pan de voz.




Film

Una vez a Nemo, "el ángel" le rompí la cabeza de un hondazo.

Yo tenía diez años y un corazón violento como mis malas palabras.
Y una voz agria y dura que sabía colarse en los tranvías
y dar vueltas en las barrancas de Belgrano seguida por los guardianes.

El era un niño rubio y manso dejado de la mano de Dios.
Y hasta tenía los ojos húmedos de un galgo que lame las manos del castigo.
Pactaba con medallitas de lata y se regía por una oración.
Y jamás se le ocurría pensar que a las muchachas había que poseerlas.

Pero éramos camaradas.
Yo con mi afán de romperlo todo. De socavarlo todo.
Hasta las lenguas grasosas del Río de la Plata en días de rabona.
Con mi lujosa agresividad de niño aceptada en rueda de mayores.
Con mi inocencia zumbona de pantaloncitos rotos en el traste.
Con mi alegría salvaje que tuteaba a las "señoritas".

En Echeverría y 11 de setiembre le lustraba los ojos a mi infancia.
Entre el olor y el sabor de la mañana sentada sobre mis rodillas
sacaba mi corazón y en mis manos se lo daba de comer a los gorriones.
Esto hacía gruñir a los ingleses de piernas de palo y voz de vidrios rotos.
Pero mi honda lograba frustrar el servilismo de los porteros.
y el corazón salía ileso porque era puro como la pepita de un carozo.

Entonces yo estaba enamorado de Perla White y de mi maestra de 3er. grado.
Me gustaban los ojos oscuros y las pestañas rizadas de Pola Negri.
Y tenía una novia a quien le relataba las aventuras de Sandokán.
Se llamaba Pola Morera y era linda como la estampa de un libro.
Por ella quería ser William S. Hart o el capitán de "La amenaza oculta".
A mi novia le gustaban los ojos de acero de los cowboys de las películas
y me llamaba su pequeño soldadito invasor.
Porque mi voz agria y dura dolía como una pedrada
y siempre tenía los puños listos para trizar narices.
El, con su dulzura de arcángel bajo los cornizones
en una mañana de primavera de cielo verde nube y de cartón,
yo, con mi hisopo flamígero encendiendo las mejillas de las muchachas
en una barricada de guerrillero de barrio.

Hoy Nemo "el ángel" anda por las plazas de Buenos Aires
y predica el salvacionismo con voz de Biblia y un tajo en la cabeza.
A veces se acompaña de un órgano y dice que ve a Dios sobre los árboles
y a Cristo sobre las aguas sucias del pecado con intención de lavarlas.

Pero yo sólo sé que Nemo "el ángel" es corredor de retratos.




Canción con la muerte de un sueño


I


Permitidme amigos que os cante esta mañana transparente
en que la primavera da brillo a las hojas de los arboles
y en Villa Ortuzar -mi barrio- el sol tutea los ojos de los niños,
el corazón maduro de los jornaleros sin trabajo
y las cabelleras de las muchachas pobres que van a las fábricas.

Oh, mis amigos:
Hoy que arranqué la piel de cordero de mi humildad
y en mí nace un hombre que vosotros no conocéis.
Un hombre que estaba adherido a la piel de cordero de mi humildad.

Estoy libre ¡libre! del sueño de los pobres.
Esa nube violenta que nos ciega los ojos
Que nos tumba sobre un camastro de algodón
y nos transforma -como a fumadores de opio- en sacos inservibles,
tirados en un fondo de mar verdoso, como buzos ahogados,
para soñar el pobre sueño de los pobres.

Le arranqué los tornillos a mi angustia. Y amo y odio.
Amo con la conciencia limpia cómo la de los niños,
Odio con la conciencia pura como la de los pájaros.
Porque me arranqué los sueños como guantes
-la mesa servida, la casa propia, la mujer fiel-
y ando en cueros gritando mi alegre animalidad.

Oh, mis amigos:
Vuelvo a mis 12 años de edad turbulentos como un sueño de vagancia.
Cuando leía las aventuras de Salgari y las novelas de Julio Verne.
Y abrazaba a las muchachas para levantarles las polleras
y encenderlas de pudor ante mi audacia de capitán pirata sin turbante
ni mares que conquistar. No tenía súbditos que obedecieran,
pero tenía mis 12 años duros con olor a tabaco fuerte.
Y unas ganas tremendas de amar la vida.
Y una injuria despierta -sin goznes- para el más cobarde.
Y unos puños crispados que levantaban mi corazón y mi osadía.
(Cómo cantan en mí los años de la escuela. Oh, mis amigos:
Ahora que oigo el tañido suave de una campana lejana
y su mar erizado de músicas repercute en mis tímpanos cómo en un caracol.
Ahora que los pregones de la calle
abren la piel transparente de esta mañana de primavera
y en mí nace un hombre que vosotros no conocéis).

Era el más osado de la clase y Armando Casafúz, mi maestro,
una vez me abrió su confianza cómo una puerta de amigo.
Ese día fumé cigarrillos de 30, conocí el puerto de Buenos Aires,
y me di un atracón de vidrieras sin pensar en romperlas.
Porque era en mí libertad el niño más feliz del mundo.

Oh, mis amigos:
Entonces yo sabía organizar las revoluciones infantiles.
Gritar: ¡Viva el socialismo! ¡Abajo los que tienen plata!
Hacerles un corte de manga a los vigilantes y a los porteros.
El pito catalán a los maestros y a los Hermanos Maristas.
Y en Cramer y Mendoza trompear a los monitores por alcahuetes,
para proveerme de sueños que me aislarán de las cuatro paredes frías de la ciudad,
y vengarme de mi cotidiana amargura:
Las vociferaciones groseras de los cocheros, los choferes, los feriantes.
Las corridas de los guardianes tuertos, o sordos, o mancos, o rengos,
en torno a las tres barrancas de Belgrano con sus héroes inmóviles,
sucios de verdín y de tiempo, donde hacían el amor las arañas,
y servían para que yo les meara con la inocencia de los ángeles.
Las vejaciones de una solterona histérica que leía a Vargas Vila
mientras yo enceraba una escalera de 50 peldaños y cantaba para aturdirme,
o rompía las vajillas en la cocina porque ansiaba partir, partir.

Oh, mis amigos:
Aunque el corazón de mi madre me defendiera como una garra,
y mis 12 años duros con olor a tabaco fuerte bloquearan las ofensas más turbias.


II

Y ésta es mi Elegía, camaradas:
la mesa servida, la casa propia, la mujer fiel.

Al sueño de los pobres lo arranqué con tirabuzones de aliento
y estoy de vuestra parte porque el mundo nos pertenece
bajo este sol que tutea los ojos de los niños,
el corazón maduro de los jornaleros sin trabajo
y las cabelleras de las muchachas pobres que van a las fábricas.


Nota: José Portogalo (1904-1973). Poeta, escritor y periodista nacido en Calabria (Italia); a los cuatro años lo traen a la Argentina, donde décadas después nacerá a su seudónimo. Desempeñó diversos oficios antes del llegar al periodismo, que ejerció, entre otros diarios, en "Noticias Gráficas" y "Clarín". El tango, y caminar su ciudad -Buenos Aires- fueron dos de sus grandes pasiones. "Portogalo -dijo el poeta cubano Manuel Navarro Luna- ha podido llegar, como muy pocos poetas de esta generación, a un perfecto dominio del lenguaje poético, sin que por ello su comunicación directa con el pueblo falte en ningún momento en su poesía". Citamos entre su producción poética: "Tumulto", "Destino del canto", "Mundo del acordeón", "Perduración de la fábula".

miércoles, 3 de marzo de 2010

Martín Rodríguez



Rey algodón en el Chaco (huérfano)

Cuando decía “Chagas”, “mamá tiene Chagas”, lo decía
como aturdido, como esperando una respuesta
de la ciencia dura y de la cuenca dura (de la leche
que abrazaba como un manantial
de sangre blanqueada en la raza),
tomaba leche amarga, pero entraba de noche a un cuarto
y pedía la teta de una madre. Casi era un susurro
¿Y qué podían hacer si no negártela?
Tengo hermanos, le dijo uno.
Somos muchos, le dijo.
Y así.
Se repetía la escena en interminables ruegos, hasta
que te colgaron una campana sin que lo sepas, en la espalda.
Para oírte llegar, y trancar la puerta.




Pan y comunicación

El pan no es la mano que da dios.
Para eso da la carne, y el pan es la representación.
La luz no es para el pan en la mesa.
Pan negro, pan blanco.
Llega por mensaje de texto
el fragmento de una receta para hacer arroz.
No alcanza para hacerlo.
Estalla una comunicación.
Puño en la mesa, luz en los ojos y vino.
El arroz viene en el río.
Hay una niña con un plato en el río como si fuera oro,
eligiendo el amarillo. Arroz, arroz, arroz
gallo oro,
por una zorra hidráulica,
envuelto también viene
el puño de monzón.




Calcio

No me conocía hasta que vi el árbol sin mi camisa, con su rama estirada
besando la tierra, como inclinada
ante el sol
desnudo de la tarde
en que todos los pelos se soltaron
de sus cabezas, y todas
las piedras soltaron sus pelos,
y todos los huevos soltaron sus pelos,
y la tierra ardió frente a mi camisa que ya tenía puesta,
blanca,
triunfal,
con su anillo de agua sofocada en los tembladerales del sol:
a la velocidad de la luz
el blanco de las cosas, Calcio, tomó
su lugar: no los dientes, ni la leche,
ni las tetillas, ni los huesos, ni el cristal, ni el carbón,
ni el semen, simplemente
el calcio fue un aura en la pequeña cabeza de Niño,
en su alma inclinada ante la rama que sostuvo su camisa
primera, de hombre, en el atardecer del río.



Paraguay

¿Cuando empezó la guerra, Mariscal?

¿Corrientes no era Polonia?

El Mariscal quería pisar tierra, una vez.
Paraguay era una ciudad de agua, un pantano.
Mato Grosso-Corrientes, países de agua también
pero que van hacia el mar…
Las aguas como la piel de gallina:
llegó a Corrientes pisando las aguas,
en patas, tirando flores. Quería pisar tierra, una vez.

Con su vapor de la marina paraguaya, de una marina sin mar.

No te duermas sin haber cantado las nanas de la guerra. Decía.

Pintate con carbón no sólo los bigotes, el ceño fruncido, la bala hundida, el orificio: todo.

Después llegó la guerra, Mitre, Caxias, las batallas, una a una, en series:
Curupaytí: el flujo temporal de la batalla.
Curupaytí: 3ra columna, 4ta columna, columnas de humo hacia el fuego.

Pero fueron necesarios los niños. Los niños: la bala líquida.

”Esquema semiótico básico”: ataque-defensa, aliados-enemigos, derrota-victoria.

Pero los niños, como el agua, se escurrían en los dedos. Grababan sus figuras en el barro, temblaban con el racimo de sus dedos (la uva blanca), contra el agua dejaban caer el polvo de la pólvora como polvo dorado, se sacaban todo de encima. Incluso la guerra se la sacaban de encima: corrían como si tuviesen encima un hormiguero. Hormigas rojas corrían en ellos también.

Siguieron al Mariscal hasta la muerte, en manos de los negros-esclavos-libres.


Nota: Nació el 8 de abril de 1978 en Buenos Aires. Agua Negra (Siesta 1998), Natatorio (Siesta, 2001), El conejo (Ediciones del Diego, 2001), Lampiño (Siesta, 2004 - 1er premio del Fondo Nacional de las Artes), Maternidad Sardá (Vox, 2005), Paniagua (Gog y Magog, 2005).

martes, 2 de marzo de 2010

Claudia Sastre




Es un punto ciego donde pido


captura por el nombre
de infancia y parentesco
Idiota del medio
todavía firmo
de puño y letra
las palabras de la tribu




Allí soy

quien camina
entre los dormidos.
Nadie cae
desde la altura de sí mismo.
No hay altura.
Todo es altura.
No hay donde caer.
Allí practico el paso mórbido
del silencio.
El paso del poema.
Camino entre los dormidos
y soy
uno más con ellos.
Uno más entre los silenciosos



Nadie se enamora de mí

desde que dejé
la voz en un poema.
Hacen que me tosa lo tragado
por las borraduras
orfandad
de los lápices filosos.
Tengo un nombre para madre
no hay nadie afuera del poema
/ un nombre
bordado en los columpios
y no hay nadie dentro de él



Asistimos con mis hijos


al parto
de mis padres
nos dolimos juntos
hasta bien nacernos.

Somos lo que empieza
y termina
con nosotros



I.

Desde Seychelles, pasando a Mogadiscio
por Zanzibar, él hablaba
de los aceites fragantes
en los negros cuerpos
de los olores de Madeira
y en Ormuz, y en el Cabo
con jazmines, relataba
a Tambora de los puertos, recordando
en cada una de sus marcas, que el mar
estaría siempre allí



3.

No quieren que vague
desnuda
por altas galerías
donde saben que estos pasos
me llevarán
a dormir entre los locos.
Blancos paños de lumbre
me aplican
sobre las heridas.
Sólo mis hombros lacerados
soportan
el ruido del deseo.
Conozco el baúl
donde se guarda
la escarcha de la novia
los azahares encendidos
para su frente insomne
la espalda
iluminada por la fiebre
el vaso que espera
sobre la mesa
sal de anfetaminas
que tendré que beber.
120
No quieren que palpiten
estos ojos
porque sé que en la alberca
tanta agua se atormenta
y los peces furiosos
se retuercen
saciándose de amor.

Nota:Nació en La Plata y vive en Puerto Madryn desde 1979. Esta activa militante de las letras fue la impulsora del café literario que desde el Pub la Oveja Negra en la ciudad del golfo convocó a poetas, músicos y todo aquel de sensibilidad suficiente como para reconocer el llamado de una manifestación artística. Hoy lo hace desde La Barca, otro proyecto cultural de similares características al anterior. Se trata de espacios bien ganados a la liviandad y las variables económicas. De igual modo y con similares intenciones, fue editora de "La Hojita", un suelto de arte y poesía de aparición esporádica y "cuandosepuede" (como siempre sucede en nuestro país) cuyo objeto tuvo una razón de hierro: que la lírica circule, camine y se meta donde haya espacio para que su voz diga lo que tiene para decir sobre la belleza y la verdad. Hacia finales de octubre o principios de noviembre saldrá de imprenta la edición de "Faúnicas", un libro de poemas de singular belleza y despojado lenguaje cuyo atractivo reside en la imagen que sueltan sus palabras y en el hilo conductor que sostiene su temática. En el mes de agosto, Claudia Sastre fue premiada por la Dirección de Cultura de Bariloche (Neuquén) y la revista literaria "Espejos del Alma" por su trabajo poético. Obras: "Instrucciones para morir" (inédito); "La lengua derrotada" (inédito); "Nanacatum" (inédito/novela); "Maldito viento del oeste" (inédito/novela, en corrección).

lunes, 1 de marzo de 2010

Jorge Leónidas Escudero



Caza nocturna 1

¿Cómo hago para dar el salto?
¿Pero de qué salto estoy hablando?
No sé, simplemente un salto, salir
desto de siempre donde no hallo
y sigo buscando.

Y ahora esperen pueda memorizar, ver
si explico algo de mis desvelos,
ver si encuentro
el mapa del tesoro, el carozo
deste asunto que me tiene absorbido.

El no poder explicarme cómo
da desorientación, pero sigo metido
nestas alturas de mis inquietudes
donde falta el aire y sin embargo existo.




Ventura

Fue lejos lejos. Me daba por las piedritas
desas bonitas que juntaba para
todavía tener algunas.

Niño cuidate decía mi mamá, no
traigás más porque algún día
buscándolas en el campo te vas a perder.

Así fue una vez. Buscando,
a los cerros de Zonda subí sin darme cuenta
y como bajar es difícil
se me hizo noche sin luna.

Me quedé ncerrao
y unos zorros ladraban susto grande pero
con la luz del día pude bajar.
Al volver a la casa me esperaba
un gran revuelo de gente en el camino,
todo el barrio había salido a si me hallaba.

Esa fue la primera gran ventura
por amor a las piedras cosa rara
porque todavía no se me cura.
Ahora camino en plena ciudá
mirando el suelo a ver si.



Mi actor gratuito

Es un hombre que inmensamente
espera en una silla,
dentro del restaurant mira hacia la puerta,
no se le mueve un gesto
sigue inmóvil.

Es hora de gente a comer
y él no hace más que estar mano sobre mano
en espera de vaya a saber qué.

Me dije este hombre debe haber muerto
porque no pestañea,
tiene la cara congelada. Y ¿Eh?
se levantó,
caminó hacia la puerta y se hizo humo.

Es una alucinación mía, pensé.
¿Ustedes creen que no?
Siempre veo alguno así,
hombre como si esperara lo que no llega.

Como sea
siempre algún individuo
se me presenta así y hace lo que puede,
luego se retira fantasmagóricamente
para ocupar una silla en otro sitio
y ahí esperarme.
Debe ser un actor excelente que representa
mi ansiedad ante lo inhallable.



Misterio

Se me cruzó en la vereda un desconocido.
¡Eh! dijo, ¿no te acordás de mí?
trabajamos juntos en las minas de Hualilán.

Por decir algo dije es que
casi no te había conocido debido a
que ando corto de vista pero sí,
allá estuvimos juntos.

Entonces me tendió la mano y en apretón
sin largarme continuó: Así es hermano,
el tiempo pasa pero queda la amistá
cuando se juntan dos que han estao en lo mesmo.

¿Y vos qué hacés ahora? continuó.
Yo no hago más qu' estar jubilao, contesté.
Y para ser franco, perdoname,
nunca estuve en las minas de Hualilán,
me has confundido. Claro
que me hubiera gustado
estar en ese trabajo duro. Y bueno,
estuve en otra, pero sería lindo
haber sido compañero tuyo.

El hombre me soltó la mano, hizo
un gesto indefinido y agarró la calle
rumbo al olvido. Yo
me quedé a pensar vaya a saber en qué
dimensión me conoció éste
y hoy su memoria saltó el cerco del tiempo.
¿Quién dice que no me haya conocido
en otra vida?


Nota:Jorge Leonidas Escudero nació en San Juan en 1920.
Abandonó sus estudios de agronomía y se dedicó a la minería. Durante años buscó oro y metales preciosos en las montañas de su provincia.
Comenzó a publicar recién a los cincuenta años. Editó sus poemas en diarios y revistas del país y del exterior. Obtuvo primeros premios en varios concursos e importantes distinciones de entidades culturales de la región de Cuyo.
Poemas suyos se encuentran en lugares públicos, como el grabado en piedra en el Monumento al Minero, en la plaza de la ciudad de La Toma, en San Luis.
Fue incluido en la Antología de la poesía argentina publicada por Raúl Gustavo Aguirre en 1979.
Su obra fue antologada en México por el poeta y profesor de la Universidad de Guanajuato Benjamín Valdivia, en 1990.
Compuso canciones folclóricas, recopiladas en Aires de cordillera (San Juan, 1994), musicalizadas por José Luis Aguado Castro.
Editó los siguientes libros de poesía: La raíz en la roca (edición del autor, San Juan, 1970), Le dije y me dijo (Spae, San Juan, 1978), Piedra sensible (edición del autor, San Juan, 1984), Los grandes jugadores (edición del autor, San Juan, 1987), Basamento cristalino (Filofalsía, Buenos Aires, 1989), Umbral de salida (RundiNuskín, Buenos Aires, 1990), Elucidario (Fos-Epsilon, Buenos Aires, 1992), Jugado (Fos-Epsilon, Buenos Aires, 1993), Cantos del acechante (Fos- Epsilon, Buenos Aires,1995), Viaje a ir (Fos-Epsilon, Buenos Aires, 1996), Caballazo a la sombra (Tierra Firme, Buenos Aires, 1998), Aguaiten (Canto Rodado, Mendoza, 2000), Senderear (Martín, San Juan, 2001), A otro hablar (Ediciones en Danza, 2001)