viernes, 7 de mayo de 2010

Alejandro Méndez


La mano

Le dijo a mamá que mientras ella le tuviera la mano, no se moriría. Esta cercanía, concomitancia astral, produjo el modesto milagro de unos días de sobrevida, en un ominoso hospital de los suburbios; igual que Xul Solar, en una isla del Tigre, también le dijo a su mujer que si le sostenía la mano no moriría. Luego de una larga noche, ella debió dejarlo un instante, y cuando volvió; Xul había muerto.



Los poemas de Hannelore Kohl

I
Sonámbula tropiezo
con el felpudo,
roído por el
afgano
-regalo de Chirac-
afuera los gritos
se mezclan
engañosamente con
la estricta fragancia
del potaje preparado
por Clara,
nacida en la Selva Negra,
"Black Forest"
como le gusta decir
a mi pequeño nieto
bilingüe.
"Hemos amurallado la
casa para vos
Hannelore",
así
me lo repite
todos los días
el bueno de Helmut,
carcomido por la
alta política
europea y
sus intrigas palaciegas.
Deambulo por la
casa
asediada por la
luz,
mejor dicho,
por las filtraciones.
Es impredecible la luz,
se cuela por todos lados.
Ayer tuvimos que
tapiar el botiquín,
tenía una pequeña
hendija
por donde se colaba
el sol de Ludwigshafen
un sol de verano
directo y mortal,
tal como suele
decirme mi
herr doktor.



II

Mascarón de proa
y anteojos negros.
Rompecabezas letal
esparce la letanía
del dolor
punzante de la luz.
Parapetada en el
el refugio anti-misiles,
recuerdo de guerras pasadas
y advertencia para las futuras.
Aún en contra del
precepto del padre faústico,
rápido
rápido
más silencio,
más oscuridad.




Autopista


Hay cadáveres
resuena la sentencia
mientras esparce su himno
en campo minado.

¿Quién restituirá
al ejército de zombies
nombres como marcas
del aliento original
desvanecido?

Pronto, pronto
la carne cederá
su materialidad histórica
a expensas del
espíritu insepulto.

Se pierden las líneas
de diálogo.

Terreno inestable

(para segmentos isomórficos
de cemento y asfalto:
corazones desfallecientes).

Es el doble reclamo
de la muerte
y de sus muertos.

Los carteles publicitarios
de Adidas
-sobre la autopista-
son los deletéreos mensajes
del otro mundo:

Impossible is nothing.



Sergio (11 años) (de “hicos índigo)

Espacio imbricado
en el aliento de la
ensoñación:
casi satisfecho.

En múltiples risas
altisonantes,

allá quedarnos para
siempre.

Tu lugar, ese
destino
dibujado en la
suela
de las zapatillas;

reduce a sombras
lo que no volveremos
a ver:

arena de las flores.

Nota: Nació en Buenos Aires en 1965. Publicó los siguientes libros de poesía: Variaciones Goldberg (2003), Medley (2003), Tsunami (2005), Chicos índigos (2007). Es el coordinador de Las elecciones afectivas / Las afinidades electivas.

jueves, 6 de mayo de 2010

Silvia Iglesias



Poemas del libro “CUERPOS PERFECTOS”

I

Desconfiá – dijo Antonio -
de la poesía en la prosa
entonces confié
en la prosa de la poesía


II

Estoy salida de mí
como esos pajaritos
que no reconocen a su madre
ni el nido donde nacieron


III

Abrazame – le digo
él deja caer su brazo en mi espalda
y aparezco en una farmacia
entre flores de plástico
VI

Cuidate de mí
que ando dura y espinada
como las ramitas del piquillín

cuidame de mí


VII

Al que subió al colectivo
con las muletas gastadas
y las piernas torcidas
al que vende el telebingo
en otra lengua
al que anda con la vida puesta
por la calle

los abrazaría

si no fuera porque ando tan apurada


VIII

Abrí las ventanas
y el humo de las palabras
quemadas
en el último infierno
salió de la casa


IX

El conoció a su papá
a los trece
charlamos más de dos horas
y todavía falta – dijo –
no se puede
contar toda una vida
en un rato



Figura esculpida (en hielo)

III

No es que las mariposas
hayan pasado de moda

es que ya nadie
habla de ellas


IV


Nadie es como lo pintan
nada es como lo cuentan

hay que caerse del cuadro
salirse de la historia

para saberlo


V


De vacaciones en el mar
ella le dijo
vos no me querés
más
y él contestó

vinimos hasta acá
a olvidar
todo eso



Signos (vitales)

I

Voy a ajustarme
la ropa al cuerpo
para que no se anden cayendo
los huesos


VII

No se si lo hago
para mí
o
contra los otros.

Nota:Silvia Iglesias, vive en Puerto Madryn, Patagonia Argentina. Profesora de letras, periodista, escritora. Su primer libro es “Cuerpos perfectos” con el que ganó el Primer Premio del XXIV Encuentro de Escritores Patagónicos en su edición 2005

miércoles, 5 de mayo de 2010

Horacio Preler


-La fotografía pertenece al archivo de La Talita Dorada

Las llaves

La tarde resta a la vida
semanas de silencios.
La niebla confunde al viajero
en la vía muerta de una ciudad cercada.

Es poco para un desconocido que ve la aurora
desde la morada del llanto.
Las preguntas apuran al desprevenido,
casi sin equipaje,
casi al borde de la muerte,
empeñado en abrir puertas
y buscar las llaves sin retorno
de la sabiduría absoluta,
llaves que el viajero había perdido,
sin saberlo,
en el momento de partir.



Cerca de mí

Cerca de mí,
todo está cerca de mí.
Los libros de la vitrina,
las hojas en blanco
y las reminiscencias de la noche.
Cerca está la vida despojada,
los recuerdos que estructuran el alma
y la mirada que partió.
Cerca, muy cerca está la lluvia,
la solitaria lluvia.



El invierno llega

El invierno llega
y se arrastra por la memoria.
El corazón de un viejo
llama a las puertas de las casas vacías
y no encuentra respuesta.
El frío penetra hasta los huesos
y el desamparo se dispersa en el viento
como el celo de una mariposa.



Zona de entendimiento

A veces pensamos que la soledad
es una cosa que podemos manejar
como si fuera una materia inerte.
Vemos la claridad desde la ventana
mientras la brisa mueve las cortinas.
El perro duerme debajo de la silla
y las horas pasan
como un ciego tanteando las baldosas.
En la mesa se amontonan libros y papeles.
Entonces nos acomodamos en un rincón
y buscamos imágenes de un paisaje ignorado.
Todo el silencio regresa de la calle
y se sitúa en la casa.
Nada se mueve, nadie habla.
La tarde es un atajo,
una zona de entendimiento
que nos mira desde la eternidad.



El señor Gianni

Todas las tardes junta las hojas
que el viento ha volteado
y las mete en un hoyo.
Enciende una fogata y espera.
Después riega las plantas,
va de aquí para allá
atento a cada extraño brote,
cuidando que todo crezca en orden,
que nada perturbe su labor,
como un dios que no ha perdido la esperanza.



La rejilla
Limpiamos el agua que ha caído
la noche anterior
y con ella viene la basura
acumulada en el patio.
El agua sucia corre
y en la rejilla queda la resaca,
los focos de infección,
la hierba ya podrida
mientras otra agua
desciende sola hacia la tierra.



Casa vacía

Alguien alguna vez hará el inventario de las cosas,
levantará papeles, abrirá los cajones de un escritorio
antiguo, revisará bibliotecas, estanterías,
muebles, aparatos usados, buscando explicación
a tanta fantasía.
Nada perdurará para dar testimonio.
Uno se lleva todo. Sus historias,
la clave de sus miedos, la lóbrega codicia,
la indiferencia, el odio,
los almanaques viejos.
Entonces encontrarán escobas en todos los rincones,
trapos de piso, humedad,
los restos de comida que han quedado en el plato.

Nota : Horacio Preler (La Plata, 1929) poeta argentino, autor de 9 libros . Uno de ellos, Silencio de hierba, fue distinguido por la Academia Argentina de Letras como el mejor libro de poesía publicado durante el trienio 2001-2003.

martes, 4 de mayo de 2010

Griselda Garcia


Muerte por agua

Mire aquel árbol, dice.
Es un roble. Pronto dará bellotas.
Sólo veo bosques de almendros,
altos cipreses negros,
mi reflejo plateado
en las escamas del pez ángel.
La belleza es un trabajo.
Desde el interior se desborda y sangra
en jirones hilados por gusanos.
Más allá está el agua,
muebles abandonados sobre la arena,
inmensa esmeralda refulgente,
océano.



El estío

Este verano la albahaca
vino más picante,
guarda rocío en las hojas.
El agua se desborda,
el sol en las baldosas
hace arder los pies,
la hierba en los senderos
creció demasiado,
las orugas no tocaron los rosales.
La flor no termina de ajustarse,
los pétalos se derraman
en borbotones púrpuras
sobre mi frente.
El viento cesa
comienza a oscurecer.



Trampa sagrada

I

Dice que aún no he visto nada
que todavía no empezó.
Lanzo luces
veo y traspaso.

Descansá en mí, dice.
¿De qué conjuros no será capaz
un mago joven herido de luz?
No va a asustarlo
una aprendiz de bruja.

Abre mi mano
y pone entre mis dedos
una llave.
Luego: fuego, detonación.

La serpiente dormida
abre un ojo.




II

Aún no he visto nada, dice.
Le pido que lo sepa todo.
Nunca creí que pasaría
por el ojo de la aguja.

Nada que hacer
con el rojo que escapa.
Un mal movimiento
arruina años de práctica.




III

Una nube celeste
cubre el ojo de la anciana.
Lava mi herida
con azúcar blanco
que detiene el rojo.
Actúa por presencia
actúa por contacto
Toca y regala dones.
Asiente, y cada inclinación
de su cuello
es una estrella que se enciende.
La sabia de la flor de mil pétalos
sabe sin necesidad de preguntar.
Nodriza de luz:
¿pasaré por el ojo de la aguja?

Algo se abre paso
y busca salirme.

Nota: Griselda García nació en Buenos Aires en 1979.
Publicó en poesía, Alucinaciones en la Alfalfa (2000), El Arte de Caer (2001), La Ruta de las Arañas (Ediciones del Dock, 2005) y “El ojo del que mira (2009).

lunes, 3 de mayo de 2010

Ariel Williams


gente
como pedazos de luz, de olor, de sonido,
nos entra la gente a horas intermedias
o detenidas


1.
afuera se escuchan alpargatas y moscas,
pisadas entrando al pedregullo;
pasan hombres cantando y con olor a sal,
el cuchillo poroso de un gargajo rompe la noche;
una risa y un perro que es sonido
en los barriales oscuros;
alguien cae a la sombra donde rueda
un vaso,
donde el dedo de dios acaba de señalar
a un corazón que se duerme

2.
ya bien temprano se huele el frito, gente
que acompaña la mañana con empanadas;
la ventana de la cocina es un cubo amarillo
en el madrugón
cuando se degüellan los gallos;
lo demás es todo oscuro,
bien molido de tierra negra;
dos pinceladas de un cuerpo de mujer
se mueven en la penumbra de una pieza,
es la misma mujer que me quemó de baba,
contra el cerco, hace dos veranos

3.
la barra de neón tiembla e interrumpe
la realidad,
se apaga, deja gusanos temblando
en el cilindro de vidrio;
los pasos caminan por el mundo oscuro
de la noche,
pasan junto a varias ventanas iluminadas,
se juntan con un perro;
entran en otra oscuridad,
encienden una luz más amarilla

4.
los gallos vuelan de voz puro cogote,
levantan del zanjón negro el alma
de los dormidos;
hay quienes se arrastran a media tierra
y ponen a quemar el agua,
hay otros que se hunden en el occipucio
de la frazada
y desalojan de la próxima luz
toda la parte puerca de la maquinaria;
ella viene lo mismo, más pura y más indigna
que la muerte.

5.
el parloterío de las personas de ropa oscura,
faldas negras, sombreros de fieltro, cintas
en las mangas de los sacos,
se para cuando bufa el carromato en el barro
y bajan las tablas, las flores, los velones,
las aceitunas, el violín;
las mujeres untan al muerto
con sus manos como calamares,
revolean los ojos, escupen en el piso;
los hombres acomodan el caballete
y se dedican a sudar aguardiente y humo;
asique parece que alguno se fue
con la yaya negra

6.
el tipo ceñudo va armando cigarros
y los apila en la mesa;
hace la pirámide de keops, kefrén y micerino;
el ventilador cuelga del techo y degüella
el calor;
el hombre está en el pozo más central
de la temperatura,
el lugar de los dedos sudados;
si hubiera un pianista, tocaría
la mazurca del pegajoso
y después habría que desenredarle los dedos
con vinagre

7.
por la pendiente abajo, los que rodaron
fueron los que durmieron;
quedaron apilándose justo cerca del agua,
que va lejos;
uno se fue con la húmeda,
porque no vino a reponerse después de tanto
sueño;
se le durmió todo lo que le quedaba de gente


ciudad-loma
el cielo tiene lugar adentro de otro instante
que fue vivido y muerto al mismo tiempo
por una sola persona, para siempre

“Notre ombre fait suite á nos mains.”
Pierre-Jean Jouve.


1.
sonido de las luces entrando a ciudad-loma:
son y son luces perdidas en caídas oscuras,
olor a pescado,
callejas que dan a unos acantilados negros,
barro endurecido en cosidas y costurones
-todas las huellas están parando en estas calles
y los peces nacieron o llovieron en la oscuridad
del barro-;
los postes de luz ondean y erizan las distintas lomas
donde las huellas tiemblan, cuerpos grises
en los pies desnudos -revientan bajo las cubiertas
como bolsas de carne desinflada

2.
la pieza del hotel da al murallón de la noche,
en algún lado murmuran los músicos, muerden
lo negro unas luces púrpuras en la lomada
- “solestoy, mufun suguirru, humu”, escucho-,
y sí, digo, mufun suguirru, humúo, humúo;
se corta la luz en ciudad-loma y duermo
ahumado en la colcha, fresco,
con el cuerpo hundido como en grasa de tocino;

al despertar, veo en el fondo de la barranca
unos esqueletos de “niños”
3.las carnicerías se abren a la mañana fría,
muestran pulmones de “niño”, que cuelgan
como ristras de grandes sexos morados o
como insectos extraños del mar negro;
por las calles chorrea el agua jabonosa
que desciende al piso de las almas:
con ella baja el secreto o la sangre
del caballo triste, del hombre dos veces,
de la sábana temblando

4.
antes de que cierren la toma y se hunda
ciudad-loma en el mar negro,
desemboco en un pasaje que lleva a una serie
de patios, donde ya encendieron las velas:
atravieso gritos y tumultos de chicos,
canciones suaves de mujeres escondidas,
el humo acre de un asado de “madrecita”
que prepara un viejo, sentado en la tierra:
me alarga un vaso de vino y me invita
a comer; me siento en la tierra caliente
a la luz de las velas, muerdo la carne,
entro en el mundo luminoso del vino:
sueño un patio al que nadie ha llegado
donde duermen los restos del que busco:
despierto al cielo frío, atravesado
por nubes lentas como joyas

5.
muerto, el que busca está muerto,
dice el pianista manco, antes
de tocar con su única mano;
está muerto, repite, cuando viene
el turno de la mano ausente
y en su voz suenan dedos apagados
que escucho igual, como tacto
en el cuerpo;
el hombre requinta su sombrero
y sonríe y retoma la melodía;
en el otro silencio de los dedos
muertos, salgo a la calle:
su amigo, dice, me iba a comprar
un brazo ortopédico este año,
para navidad,
y su mano sola
vuelve a estar sola

6.esplendor de los bajos fondos, cuando ciudad-loma
oscurece y tiemblan
las velas,
cuando con dientes cuadrados se muerde carne aromática
de animales muertos
- fritos terribles, vinos pesados como barro -,
y se entra al humo hirviente y gritado
de las gallerías,
se aliviana la vejiga en patios apartados,
donde duermen los perros:

entro en mí caminando por un pasillo embaldosado
con una mujer de ojos neutros

7.
la mujer neutra me lleva al puerto entre dos lomas
-pasamos por canales simétricos, iguales, perfectos,
con un agua extraña que sube,
cerca del lago donde viven los pulmones;
el cielo es una pantalla blanca helada;
paramos a tomar un trago en un tugurio,
un trago quemado por el cristal en medio
de la luz
-recuerdo otra vez que voy a la sombra-;
la luz traza una raya definitiva sobre la última
sílaba del sol
en esta zona fría donde la tierra es vidrio negro;

yo soy la mujer neutra.



Extraño desmí

llegaba a la conclusión de uno y otro “mí”
como a una fiesta terminando en puntos
con una aureola de rodillas últimas
que dejaron sus huellas en la alfombra
con unos pájaros caídos para arriba
y entrando en deflación de dioses
con unas manos que no usaban piel
tocando así el dolor lento de los pisos
y dejando unas huellas pterodáctilas
como las rosas marchitas
de sus no y no y
tampoco
con un vuelo de moscas azuladas
que hacían sonar sus trompetitas tristes
sobre la piel del día
llegaba a esta terminación de “míes”
como al final de la gestión de un padre,
y así con la pregunta repetida de los muertos
adentro de la noche
y así con las distintas personas que recorre
un hijo:
un “vos” un “él” un “mí”
y casi nunca un “yo” colgándose en la lengua
porque el hijar es lengua sin “yo”
que se trae sus preguntas como cuerpos
escondidos,
y porque el “mí”
es el objeto del mañana del padre

Nota:Nací en Trelew (provincia del Chubut) el 14 de marzo de 1967. Entre 1988 y 1992, cursé la Licenciatura en Letras en la UBA. Desde 1993, trabajo en la docencia, tanto en instituciones de Nivel Medio como en la Universidad Nacional de la Patagonia San Juan Bosco. Fui miembro fundador de la revista El perseguidor.
Participé en los talleres de creación poética (2000), organizados por la Fundación Antorchas y la revista virtual Revuelto Magallanes, y coordinados por Arturo Carrera y Diana Bellessi. Entre los años 2000 y 2004, formé parte del Grupo Literario Verbo Copihue, con el que participé en la organización de cafés literarios, recitales de poesía y jornadas académicas. Fui co – editor de la revista virtual Verbo Copihue – Letras Patagónicas. Obtuve una Mención Especial en el Concurso de Poesía Olga Orozco (2008).
En 2000 nació mi hijo, Ioan, y desde ese año resido en Puerto Madryn. Libros publicados: Viaje al anverso (Ediciones del Desierto, Trelew, 1997), Lomasombra (Terraza Libros, Bs. As., 2003), Conurbano sur (Editorial Limón, Neuquén, 2005) y Los fronterantes (El Suri Porfiado Ediciones, Bs. As., 2008).

domingo, 2 de mayo de 2010

Sara Cohen


Intemporal

Alguna vez el mar estuvo aquí
hoy es pura sal que parece nieve

es buen ejercicio
no detenerse en la nostalgia
entrenar los sentidos hacia lo audible
cuando la inmensidad de lo visible se impone

atravesamos distintas alturas
aquí cuando hay nubes
ellos están
a mil ochocientos metros de altura
las ves desde arriba

es un buen ejercicio
no detenerse en el descenso
de la nostalgia
cuando las nubes cubren
el extendido infinito
de la sal

hay defensas para los derrumbes
algunas rocas forman catedrales
(quisiera que no me olvides nunca)

recuerdo un primer plano de piedras
luego la emergencia de los cactus
y luego las montañas
también el verde y la opresión
de la interioridad de la construcción

el guanaco es un camello silvestre
si lo soltás se va hacia lo alto
donde las nubes lo sostienen
es un buen ejercicio
no detenerse nunca

los cardones en noviembre
tienen flores blancas, amarillas y rojas
cuando se secan son livianitos
por más grandes que sean
(quisiera que no me olvides)



El sueño

Hay un cuarto más
invisible a los ojos de los otros

entro
con la sorpresa de una primera vez
y la sabiduría de quien ya estuvo allí

alguien
que se me adelanta
ya leyó cada línea
de aquellos libros
diseñó de esa alfombra el dibujo
y de esos muebles las curvas

si él no existe
a los ojos de los demás
y sin embargo insiste
en que yo lo descubra
debe ser porque ese cuarto
es más real que ningún otro

ese cuarto es mi futuro.

Nota: Sara Cohen nació en Buenos Aires en 1955. Es psicoanalista. Ha publicado los libros de poesía El poema que insiste (1992), Puertas de París (2000), Escena con cartas (2003), Poemas venecianos (2003) y Casas turbulentas (2004) y La frontera de la lengua (2006) y la novela Veintinueve días de junio (2006) y “El murmullo y la incertidumbre”.
Traduce poesía de lengua francesa y ejerce el periodismo cultural.

sábado, 1 de mayo de 2010

Aldo Oliva



DE COMO ODISEO FUE ULISES
Y DE SUS AVATARES
a María Isabel


A veces, alguien lo recuerda.

Alguien dijo: “Átenme
al mástil. Oyen (ODI),
hay silencio en las olas (ULI)”.

Los compañeros, sin embargo,
sólo el estruendo sentían,
bajo el mar, de la muerte.

Alguien mentía.

Pero no era el caso, la vida,
sino de la densa vibración
del oído (ODI)
en el límite (ULI).

Ese, amarrado, de lejos,
pudo ver el Rostro,
en el aire, sin aves,
de la playa.

¡Ah, ojos que, solos, saben
ver
porque sólo son mirados!
Nadie diga la hora temeraria
en que el canto surgió.

Ya que la boca
-alguien lo vería-
fulgía como un faro
de púrpura sellada
en la diadema
solar del enigma del Rostro.

Alguien, a veces, lo recuerda.

Pero otros
urden, desde el recuerdo,
una visión o un gesto
que les abra el espacio
para ser vistos
por un ojo ya desvanecido.

Alguien dijo entonces:
“Boguemos hacia Véspero,
boguemos, boguemos hacia Véspero”.

Y cruzaron
enfrentadas rocas altas,
de Heracles o de Tarik;
y el mar era un espejo,
más allá,
de durísima tiniebla.

Y Odiseo lo quebró con su espada
para huir del infierno
Lo atravesó, volvió, calló,
y regresó a su casa,
la de Ulises, un arquero esforzado.

Otros cursaron:
Tito L. Caro, Juan Cristian,
Enrique, Gerardo,
Federico, Jacobo.

Y quebraron,
pugnando,
con manos arcillosas y entintadas,
el espejo,
cundiendo el sortilegio
del infierno.

Y detrás del espejo
no había nada, nada.

Sólo un mástil
y una cuerda,
para amarrarse
-hasta la eternidad-,
frente al silencio,
por si el canto emanase.



VIEJA LAVANDO ROPA
a mi madre, i.m.


No son sólo las manos
(la hoja, apenas perfilada,
del plátano, en la fronda,
sería lo mismo)
sino sus idas y venidas
¿a qué?
Camisas y bombachas,
trapos sanitarios, mierda:
¿y qué? Un pífano
podría
arrojar locamente todo
a una tierra elevada,
melódica, de unívoco
limo.
(Ah!, tropos de epifanía!).
"Pour moi, nerveux..." cundo
la destrucción; amo el perfil
evanescente del estruje
ceñido de las telas
miserable en las manos
poderosas oprimen,
exprimen, drenan la muerte.
No la vida, su límite.
La manzana, ya comida
¿paladeada?, muerta
en sangre final, consanguínea
-tenacidad del gris-.

El dolor
sometido en la obra.




MERCADO DE POESÍA

Nefelibata en tu ámbito transitas,
tú uña lúdica del meñique, rasgando
la trabazón de mi mente,
sonriéndole a la violencia de mi sangre;
pero sábelo, mi voz, soterránea,
siempre estará ausente
de tu escarceo de sombras,
de los solapados mimos
con que finges el deseo;
porque no eres la línea aventurada
que, al erguirse, quebrándose
en pétalos radiantes,
celebre.

Tú, vacua desdicha palabrera,
no eres de la vida, ya que
no eres de la muerte.
Te llevará un tiempo donde
la nada se acople con la nada;
y flotarás en nubes tóxicas,
soberbia y vana en la afonía
radical del vacío.
Así te inseminó la algarabía
de la torva apetencia del triunfo.
Oh, tú, sonido esplendente en la incruenta
ablación de la garganta.



NAVEGO EN UNA PIEDRA AZUL

Navego en una piedra azul, bajo las aguas;
la proa está amarrada a una materia incógnita
que hace cimbrar las bordas —que, por otra parte,
no existen— impulsándolas, con sobresaltos, hacia
contrapuestos mundos vacíos de palabras, sometidos
a los colores caprichosos de los truenos que
entrechocan en un inmenso ámbito donde
navego sobre una piedra azul.
Incipiente va naciendo la excrescencia
del cromo; comienzan a desgajarse las
cuadernas: por otra parte, erosiones
de los violentos juegos del viento
trastornado de ira.
Sientan el temblor de la vibración
del nacimiento, la saturación
del ser en breves orbes antagónicos.
La destrucción sobrevuela, la
colisión está por elevar su grito de
guerra en los grandes y pequeños
circuitos en que se enmarañan
las contraposiciones donde bulle
la borraja de la vida social.
¿Somos prójimo del crimen?
¿Quién navega en una roca azul
bajo las aguas?


Nota: Nació en Rosario en 1927 y murió en la misma ciudad en 2000. Oliva publicó su primer libro a los 59 años: "Cesar en Dyrrachium". Luego siguieron "De fascinatione" (1997) y "Ese General Belgrano" (2000).
-