jueves, 29 de octubre de 2009

Raúl Aguirre


Alguna memoria

Bella que me anuncias una extraordinaria complicación. Tantos
crímenes olvidados reaparecen por ti.

Llega el tiempo de la proeza infatigable frente a tus ojos sin sueño
que ningún diamante puede cerrar.

Ella se expone a las angustias del siglo, usinas de la realidad. Más
explícita se quiere, menos se la conoce. El sueño de los asesinos y
de los poetas es que llegue a tener un rostro.

Para llegar aquí, ella debe atravesar una región de fotógrafos
exacerbados por su asombrosa presencia.

A pesar de su aplicación, estos espectadores sólo se quedarán
con las pruebas delebles de su distancia de la verdad. Es que para
retenerla hubiera sido preciso transformarse en ella, ser ella, y no su
descripción más o menos feliz. Yo me lo repito siempre después de
mis tentativas inútiles.

Ella mantiene la frescura, la diligencia feliz de la vida, por cuya justificación
nos dejamos tentar, hierros de tristeza y de habilidad vergonzosa. Invita
a los hombres, a quienes sabe posibles no por el memorial de sus servicios
sino por la suma de su condición, a un juego de alta conciencia y de
contumancia en el extremos de los enigmas. Ha conseguido así formar una
tribu dispersa por el mundo, cuyos miembros se ignoran mutuamente y sin
embargo reparan en común los hilos rotos de una gran red de belleza.

La jurisprudencia acumulada por las heridas, la imagen del mundo
construida con la memoria de una continua decepción, la torpeza de la
saciedad en el epílogo, todas las apariencias de la consumación se
borran y se anulan en el esplendor de ese deseo que arrastra consigo,
el asombro, el origen y la felicidad del universo y que ella, continuamente,
se complace en inspirar.


Ella tampoco está exenta de las cargas fiscales, de las confusiones de la
red telefónica, de las representaciones ilícitas. Pero se aviene, sin espanto,
a ocupar con nosotros un lugar desfavorable en el mundo. A decir verdad,
sólo emplea su tiempo en maravillarse. El siglo ha mejorado con su
presencia.

En ella, la oscuridad se transforma en largo regocijo del ladrón solitario. Las
señales que no comprende no estaban dirigidas a nosotros.

Viene de ausencias maravillosas, de seres que la amaron a través de otros
seres cuyo destino era cambiarse en ella con tanta lentitud que la
eternidad les maldice. (La eternidad maldice su lentitud, no su destino.)

Ella no comprende el Oráculo, no se lleva bien con aquéllos en quienes el
Espíritu ha entrado para vociferar. ¡El lenguaje del dios resuena
miserablemente puro en esas cabezas! No comprende una sola palabra que
no haya atravesado el sufrimiento lúcido de un hombre, que no conserve
señales de la lucha… Ella ignora también qué hacen los que se torturan a sí
mismos para que los otros los vean, cuando había que ir más lejos, con los
otros, más lejos todavía en el dolor… Esos inútiles inventores de martirio, de
palidez, de revelación, a su vez, la odian misteriosamente.

Ella no sabría entretener con apariciones espectaculares nuestros ojos
ávidos de exageración. Prefiere permanecer en los resquicios de una realidad
que se proclama habitable y obligatoria. Como a las larvas de luciérnaga, la
tiniebla la abruma, pero le es imprescindible.

Hasta que el Labrador la descubra, por último, en su terreno magnífico,
seguirá siendo la víctima paciente de nuestras herramientas equivocadas.

A su lado, contemplar el abismo resulta una excelente diversión. En su
ausencia, comienzo de la angustia para el observador sensible.

Ella siega el verano, y luego todo es azul alrededor de sus ojos invisibles.

Como la cigarra, sólo puede vivir en medio del incendio que suscita.

¡Ah, pequeño milagro, vida enorme! ¡Enorme vida en una nada enorme!

Así como el placer es su reino, ella no puede detenerse en esas gradas
fáciles donde el olvido nos ofrece sus pactos sospechosos. Si sufre, es
para morir.

Por ella entramos en el mundo, pero también por ella nos es cada vez
más fácil excluirnos de él. El enigma del bello vivir.

No obstante la distancia y el diluvio, y las dificultades insalvables, y el
honor y la maldición, ella se permite la aventura de vivir con nosotros. Sabe
que el abismo terminará por recuperar, algún día, su confianza en el hombre.

Nota:Poeta, antólogo y crítico nacido en Buenos Aires en 1927. Ligado a la corriente poética llamada "invencionismo", desarrolló una intensa actividad en el esclarecimiento de los movimientos de vanguardia, como teorizador y sistematizador de las más importantes expresiones de esa escuela. Gran parte de la labor realizada en ese sentido fue llevada a cabo durante la dirección de la revista "Poesía Buenos Aires". Allí tradujo y presentó a un sinnúmero de nuevos poetas. En 1952 presentó su Antología de una poesía nueva; en 1954, en los números 13 y 14 de la revista antes citada, publicó Poetas de hoy: Buenos Aires, 1953. "La poesía óha escrito Aguirreó es una de las pocas posibilidades de comunicación humana cierta, tal vez la única. Ella hace posible que nos encontremos en una verdad de fondo. Que existamos: enteros, reales, libres. La poesía es verdad y belleza. Está allí, no es comprensible, no se deja apropiar, no se deja utilizar". Obra poética: El tiempo de la rosa, 1945; Cuerpo del horizonte, 1951; La danza nupcial, 1954; Cuaderno de notas, 1957; Redes y violencias, 1958; Alguna memoria, 1960; Señales de vida, 1962, entre otras. Pocos como él han logrado conjugar la labor crítica con la creación poética. Murió en enero de 1983.

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