sábado, 3 de abril de 2010

Roberto Raschella



Poema de la familia

La calle, Arbol de filos. Negro paraguas.
Gravitado por la madre parca
Y un silencio de suicidas y de velos,
El escalpor cerrado, el hondo tifo,
jamás voces ni esmeralda.
El perro y el aire mueren – la baba de piedad alumbra
El patio – y cimbran por las aguas compadecedoras,
en los cálatros.
La pala desciende. Estoy partido.
Escapo al manto materno, al ojo maligno
Del ocaso, al repentino cruce de los hierros:
enero me revela, enero me enferma.
Pero es siempre paredro lo fatal.
He pasado. No se hincan por mí.
Junto a la hendija cenicienta, y aquel caballo
Saltando sobre el techo, me transpasan,
me hacen miedo. El sol calca las espaldas suspendidas
en restos de piedras, de espejismos, de narradas
palomas azulejas : ninguna forma de amor.
Pacen mordiendo medidas de sueño y vicio
los muchachos agudos, los rostros pascuales,
las sombras tempranas. Llevan espinas, llevan
dientes de cordero. Embestidos, entran y navegan:
la ciudad es una espuma de muerte, una terrenal sandalia
que los potentes míseros enciman a la lengua
parda de las capillas. (...)



Acaso fue mucho tiempo

Acaso fue mucho tiempo.
Se escuchaba el serio contar razonado
de marinaros, de capraros, de cafones
que tenían el olor de maderas tundidas,
de cueros, de quesos, de paños gruesos
y escarnecidos. Se alzaban victoriosos
los pisadores, las mujeres recogían olivos
en los cestos- fue mucho tiempo acaso.
Nadie buscaba, nadie encontraba.
Matercombada asistía la casa
gritando sbalashu, sbalashu -
desgracia, desgracia.
Se encendían los rojos pañuelos,
las rojas visiones de techos
que aspiraban negro, porque el mundo
era negro,
de cárceles en el sur y borradas leyendas.
El siroco mudaba el agua
en las terrazas, disparados rebaños
todavía calientes se dolían,
tan pungente la alarma
como la mujer que sufría
serenatas fósiles y espera de dos guerras.
Apenas sabíamos las velas lúgubres
entre torsos de príncipes, apenas sabíamos
los insolentes mástiles de las naciones
sobre la tierra y el mar, apenas sabíamos
tantas cosas, tantas infamias,
tantos errores: el poder, el poder...
Ese mundo acabó:
de algunos era gloria.




El silencio era cuatro muchachos

El silencio era cuatro muchachos que pasaban.
Había un pozo de creta delante de la iglesia.
La madre decía el pesar sobre la sangre
del hijo herido o el animal callado,
después arrojaba la desnuda madeja a la cama
que ya estaba excavada.
Temía los signos del perro de cobre puro,
el perro entre martillos de verano y hambres,
el perro que surgía de sus ojos vivo.
"¿De dónde ha llegado esa nube?".
"Ha llegado de otro mar: pasó
por la ventana y arrancó el lunario".
"Llórame, madre, entonces. Llórame
en vida, llórame".
"No. Hago votos por ti,
con toda el alma.
Pero no bailes.
Te dará vuelta la cabeza.


Oh, amargo hijo:
tú que no tienes sufrimiento
todavía, tú que heredas mi mal,
tú que has nacido con los pies de fuego...
Búscate una mujer.
Búscate un hermano, te pido.
Búscate otra tierra".
Ella era la forma mía,
la terrible pared.

Nota:Roberto Raschella nació el 30 de septiembre de 1930 en Buenos Aires. Fue maestro de escuela, cineasta y director de la revista literaria “La ballena blanca”. Ha traducido del italiano a Della Volpe, Pasolini, D’Annunzio, Verga y Svevo. Es autor de los libros de poemas “Malditos los gallos”, “Poemas del exterminio” y “Tímida hierba de agosto”. Publicó también las novelas “Diálogos en los patios rojos” y “Si hubiéramos vivido aquí”. Recibió el Premio Boris Vian en 1998 y el Segundo Premio Nacional de Novela en el 2004.

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