miércoles, 20 de octubre de 2010

Marina Yuszczuk


Crac, crac, cascar


Me gusta la cáscara de los huevos cuando se rompe, no conozco otra cosa que haya nacido para romperse tanto como la cáscara del huevo. Me gustan las botellas cuando se rompen, el ruido que hacen, pero me da miedo. Algunas cosas se rompen de maneras que no sirven para imaginarse nada, como los sobres. Los huesos se rompen, sanan con dificultad. Cualquier ilusión puede romperse; de hecho, todas se rompen y algunas veces se vuelven a armar, pero no exactamente como una película de un vidrio que estalla en mil pedazos y que se pasara marcha atrás, vuelan los pedacitos a reunirse y otra vez es uno, espejeante. Las ideas se rompen, pero no de maneras tan simples como la cáscara de los huevos, ¡crac!, por la mitad, sino como las células que rompen su pared cuando viene un organismo de afuera, y lo incorporan, y se convierten de pronto en otra cosa; como cadenas de átomos que se unen con otras cadenas para formar otros compuestos. Lo que pensamos de los otros puede romperse como un huevo, ¡crac!, y de repente cae yema babosa. Me gustan los huevos revueltos, los huevos fritos, no me gusta mucho tocar la clara, me gusta la yema cuando está más o menos cocida, me gusta batir claras a nieve que es otra manera mucho más invisible de romper proteínas, violentamente, y convertirlas en espuma suavísima.









Una de zombies


Hoy me levanto medio temprano para ir a buscar al tío muerto. Llegué, puf, el olor de las flores, lo de siempre, esa vulgaridad del cementerio en domingo. Los baldes de plástico, las tumbas nuevas forradas de azulejos, los claveles. No se busque acá la sobriedad anglicana de una pradera verde sembrada de lápidas prolijas. El amontonamiento: flores de plástico con fotos en portarretratos, las canchitas de fútbol con los colores del equipo preferido sobre las tumbas de los chicos, las plaquitas de bronce, muchas, las muñecas, juguetes, cositas, los souvenires que se apilan detrás de un vidrio, los azulejos marmolados. Lo busco entre las tumbas todas parecidas, entre pasillos parecidos, gente domingueando. ¡Es la de azulejos beige! Me está esperando. No con una sonrisa sino con esa cara de modorra, algo desorientada, de uno que recién se levanta. Lo agarro de la mano, vamos a tomar el colectivo, le cuento "Nos están esperando, con la comida". El no habla mucho por ahora. Tomamos el 178, ocupamos dos asientos por el medio. ¿Me parece, o corre un movimiento muy callado de desconcierto entre la gente que está en el colectivo, cuando nos sentamos? Algo sutil, un poco de respeto. Mi tío es: un cadáver verdoso con partes de la piel amarillentas, difíciles de describir (no creo que haya nombres para eso, como "cetrino", "oliváceo"), con venitas azules que le pasan por abajo de la piel, tirante y fina. Es cierto que está un poco desprolijo, un poco despeinado. El se sienta derecho y va mirando fijo hacia adelante. Vamos a casa.





Tormenta de Santa Rosa


Que siempre viene por esta época, parece. Eso me dijeron. ¿Nunca la habías sentido nombrar? ¿Al sur no llega? Y yo digo que no, pero es cierto que hacía mucho calor y de repente hacía mucho frío, las hojas de los árboles empezaron a correr por la calle como si todo hubiera "cobrado vida", envolvieron el taxi como una lluvia que fuera de agua. Dos días después, estoy leyendo con la luz prendida, aunque todavía es la mañana. Y el ruido afuera me hace pensar: que esta tormenta no es santa ni es rosa -o es a lo sumo, santa como esas cosas que dan miedo, por demasiado grandes. Que si yo abriera la ventana y el horizonte fuera rosa fuerte, como esos fondos de La pantera rosa, trastornados, no me extrañaría. Que no puede ninguno extrañarse de que de repente no sepa adónde estamos, ¿este es el fin de agosto? ¿El principio de septiembre, ese que viene con la primavera? ¿Están seguros? Basándose estrictamente en lo que pasa afuera, todo fue marcha atrás, volvieron los calefactores, llegó el frío -acaba de llegar el frío-, y yo le creo más al mundo ése que a los almanaques, porque es, en todos los sentidos posibles, más contundente: moja. Y truena. Con el miedo que daba, de estar en una de esas espiando cosas que no deben ser vistas, y por eso el velo negro, la oscuridad en la que la mañana se envolvía, abrí la ventana para mirar, miré un poquito, vi las siguientes cosas: una tormenta santa enfurecida, que venía para romperlo todo y no sabemos todavía si volverlo a hacer, miles de gotas fuertes estrellándose contra los techos -un ataque. Un cielo rosa viejo, rosa chicle, rosa fuerte, del que caía el agua que era color de
agua. Una pantera humedecida.








Los días frágiles

Los días
En los días de la fragilidad, soy una nena. Pero este desamparo, ¿ya lo tenía yo, cuando era chica? Me parece que sí, a veces me parece recordarlo. Otras veces parece que no importa, lo mando desde el presente para allá, existe. No tengo nada del pasado como no sea lo que inventé después, queda muy poco. Está bien. Como mis abuelas siempre contaban sus historias y alguien las corregía, esto no fue así, no es exactamente así, te lo estás inventando. No hay que corregir nada sin embargo, se escribe como se puede, siempre por razones importantes. Pero me desvío, ¿ves? Ya me desvío. Me quiero bajar en esta vuelta. En los días de la fragilidad soy esa nena que recuerdo, debe haber sido por el ochenta y dos, ochenta y tres, que me anotaron en la colonia de verano del Club Sudamérica. ¡Cómo me daba miedo ir! En un colectivo naranja, que nos venía a buscar a mis hermanos y a mí, a la casa de Wilde. Yo era la que menos se quería separar de mamá, eso me acuerdo. Y que llevábamos un jugo anaranjado en botellas de plástico. Un día fuimos a jugar a una parte de plaza que había en el club, con la profesora de gimnasia y otros chicos. Yo estaba distraída, me distraje, no me acuerdo qué hice o qué miré, pero cuando levanté la vista no había nadie. Todos se habían ido. Era muy grande el club, hasta donde alcanzaba a ver era pasto y más pasto, bajo el sol de las doce, todo vacío. Entonces empecé a buscarlos pero no aparecían. Estuve un buen rato perdida. Igual, si me pongo a pensar, siempre estoy más o menos perdida. Alguien me encuentra un rato y me pierde de vista, me voy o nos vamos, en una vuelta inesperadamente nos volvemos a cruzar, nos saludamos mientras el otro pasa, como una calesita, triste, triste, de caballos que suben y bajan sin parar, mordiendo el freno.


Nota:Nací en Quilmes en 1978 pero soy de Bahía Blanca, adonde fui a la escuela, viví, estudié Letras y aprendí a escribir poesía al lado de amigos como Marcelo Díaz, Mario Ortiz, Eva Murari, Lucía Bianco, Sergio Raimondi, Ana Miravalles, Nicolás Testoni, y todos los chicos que participaron en la Cooperativa Editora El Calamar. Con la cooperativa publiqué un librito que se llama Guía práctica de las mariposas. Ahora vivo en Buenos Aires, hace poco, y todavía no sé si me gusta, pero escribo mucho. Sobre todo en mi blog: www.museomarino.blogspot.com

2 comentarios:

  1. Muy bueno lo tuyo ¡¡¡¡Mar!!!!! besos

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  2. Estimada Marina:

    Mi nombre es José María Cumbreño, vivo en Cáceres (España) y hace unos meses creé una humildísima editorial (ese nombre incluso le viene grande) a través de la que pretendo publicar (en tiradas de 50 ejemplares) a poetas latinoamericanos actuales realmente interesantes. Mi proyecto es muy modesto, ya que los libros ni siquiera llevan ISBN, pero aspira a servir de puente entre la poesía de ambos lados del océano. En España se vive, en parte, de espaldas a la poesía que ahora mismo se está escribiendo en América.
    El caso es que quería preguntarle si cree que sería posible realizar en Casa de América una presentación del catálogo de la editorial para que pueda ser conocido por los lectores atentos.
    Hasta la fecha, los poetas publicados son los siguientes: Luis Arturo Guichard (México), Rocío Cerón (México), Emilio J. Lafferranderie (Uruguay), Gladys González, Martín Gambarotta (Argentina), Frank Báez (República Dominicana), Maurizio Medo (Perú), Marcela Parra (Chile) y Rafael Courtoisie (Uruguay).
    Espero que mi propuesta le interese. Gracias por su tiempo. Un saludo.

    José María Cumbreño
    Ediciones Liliputienses
    http://elblogliliputiense.blogspot.com/

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